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0.Presentación
En este artículo se aborda el
fenómeno de la inmigración (o más especificamente
la inmigración que sirve de mano de obra barata a determinados
grupos sociales privilegiados), mostrando los mecanismos que sirven
para legitimar la explotación y la precariedad laboral a que
se ven sometidos los colectivos que caen bajo dicha categorización
social.
Así, este artículo se aproxima al racismo, analizando
desde dónde se gesta y con qué finalidad. En este sentido,
el Estado aparece como el principal instigador del racismo, al servicio
de unas estrategias determinadas de los grupos dominantes de la sociedad
de destino.
Para ello, se analiza el racismo desde la perspectiva de la creación
de la Unión Europea, que requiere la creación de identidades
europeas entre los ciudadanos para legitimar dicha construcción
supra-estatal. Es aquí donde la figura simbólica del inmigrante
juega un papel clave a la hora de conformar un
"nosotros" europeo frente a un "ellos" no europeo.
Tarea ésta encargada a los Estados miembros.
Finalmente, se analiza la situación en el Estado español,
donde sus aparatos ideológicos trabajan en la construcción
de dicha identidad (no sin altas dosis de racismo), así como
de la evolución de la población sometida al bombardeo
mediático y de las formas sociales que este racismo va adoptando.
1. Ideología, grupos de
privilegio y Estado
El racismo parece desbordarse por el
conjunto del cuerpo social. En cualquier conversación puede detectarse
cierta violencia verbal, cuando no paternalismo pseudosolidario, contra
una figura simbólica del imaginario social : el inmigrante extra-comunitario.
Estallidos de violencia ocurridos como los sucesos de Ca N'Anglada (Tarrasa)
o en El Ejido hace un par de años, junto a episodios de menor
magnitud en lo cotidiano, son sólo explosiones esporádicas
de violencia latente, en un marco aún económicamente sostenible.
Pero el liberalismo económico ha dado síntomas, a lo largo
de sus dos siglos de predominio, que no es, como quiere presentarse,
un modelo ilimitado de crecimiento económico y, actualmente,
el proceso de globalización (bajo signo neoliberal) está
ya en plena recesión a gran escala, la contención de la
cual puede ser efectiva pero, sin duda alguna, conllevará altos
costes sociales. En todo caso, explosiones de violencia social como
las apuntadas anteriormente van produciéndose en cualquier momento
y en cualquier punto del continente europeo. Y mucho nos tememos que
pueden dejar de ser puntuales manifestaciones de violencia social para
pasar a alimentar a una esperial de creciente violencia. Sea como sea,
lo que parece claro es un nuevo éxito de los grupos hegemónicos,
de las élites y del privilegio, en un nuevo deplorable episodio
histórico de la victoria del poder y la miseria humana. Un triunfo
de la opresión y de la desigualdad. Un triunfo del racismo.
Pero, ¿qué es el racismo? Como afirma Teun A. van Dijk,
el racismo es un sistema de dominación que persigue mantener
a unos individuos, a los denominados "otros", debajo de los
dominadores o fuera del espacio que estos controlan. El racismo es,
pues, algo más que explosiones esporádicas de violencia
de grupos minoritarios de ultraderecha, articulados aún alrededor
de ideas de un estadio del racismo ya superado: aquel racismo basado
en la raza. De hecho, Van Dijk rompe con la idea que el racismo es un
fenómeno exclusivo de las clases populares, y afirma que, por
el contrario, se gesta desde las altas esferas de la estructura social:
"Diferentes grupos de la élite participan en las tomas de
decisión política concernientes a grupos étnicos
minoritarios, escriben informes, o investigan, tienen acceso a los mass
media y producen saber y las creencias que influyen en la función
y el cambio de opinión de la gran mayoría de la población.
Por consiguiente, además de la dominación política,
la élite ejerce una dominación social, moral y cultural"
(Van Dijk, 1993: 107). Es decir, el racismo de élite adquiere
una orientación cultural, como hábitos, religión,
lengua, educación y valores.
En este punto cobra vital importancia el Estado, desde donde los grupos
dominantes operan (y se escudan) sobre el conjunto de la sociedad. Pero,
"hacer que los demás actúen como uno prefiere requiere
recursos. De este modo en la forma más elemental de ejercer el
poder, a saber, la coerción, el recurso puede ser la fuerza física
(típicamente masculina) o institucional (policía, fuerzas
armadas). Más sútil es el control exclusivo sobre recursos
necesarios (alimentos, techo, trabajo o dinero), por los cuales los
otros pueden ser forzados a someterse a los deseos o seguir las directivas
de los poderosos" (Van Dijk, 1999: 207).
Así, pues, se hace necesario ver qué intereses persiguen
actualmente los grupos dominantes bajo la lógica capitalista
que, hoy por hoy, los eleva a las altas esferas de la estructura social.
Pocas dudas hay en que estos intereses giran alrededor de la construcción
de la Unión Europea, puntal en la disputa existente en el proceso
globalizador en curso. La construcción de una supra-estructura
estatal siguiendo los parámetros de los Estados-Nacionales.
2. Una nueva identidad política
en construcción: La UE
La construcción
europea es un gran ejemplo del grado de sometimiento de la población
y de la preeminencia de la voluntad de los dominadores sobre el conjunto
de la sociedad. Con motivo de la entrada en circulación de la
nueva moneda (el euro), Rodrigo Rato (entonces Ministro de Economía
y Finanzas del Estado) afirmaba que las colas registradas en los bancos
en los primeros días de enero de 2002 a la búsqueda de
la nueva moneda no eran otra cosa que el claro ejemplo de la voluntad
de los ciudadanos españoles de ser ciudadanos europeos. Curiosa
afirmación cuando bien sabido es que ni tan solo los grupos dominantes
se han atrevido a hacer un referendum ni consulta popular para saber
el grado de adhesión al proyecto europeo. Y es que fundadas dudas
había a una negativa dado el bajo nivel de identidad europea
entre la población, al menos unos años atrás. Para
Rato, la imposición era ante sus ojos una manifestación
de la voluntad ciudadana.
Esta articulación de la construcción política europea
y su funcionamiento institucional se está llevando a cabo por
los Estados-Nacionales, donde las únicas elecciones europeas
que se están realizando son para elegir un Parlamento (el europeo)
que ni tan siquiera ejerce la función asignada en una democracia
representativa (decidir y legislar) sino que únicamente realiza
funciones de control de los órganos realmente decisorios (Consejo
de Ministros y Comisión Europea). Una construcción, pues,
de arriba a abajo, con grave déficit democrático.
Vamos por partes. Todo el proceso de construcción europea ha
de legitimarse mediante la creación de ciudadanos europeos, es
decir, que los ciudadanos de los diferentes Estados quieran identificarse
a sí mismos como europeos. Tarea esta encomendada a los respectivos
Estados, a sus aparatos ideológicos, como veremos. Como afirma
Verena Stolcke, "la construcción de Europa tiene dos caras:
mientras en las fronteras intraeuropeas son cada vez más permeables,
las fronteras exteriores se cierran cada vez con más fuerza.
(...) Se observa una sensación creciente de que los europeos
tienen que desarrollar un sentido de cultura compartida y de identidad
de objetivos, para ofrecer un apoyo ideológico a una unión
económica y política europea que pueda tener éxito"
(Stolcke, 1994: 236).
Europa es, además, uno de los puntales del orden capitalista
mundial, juntamente con Estados Unidos y Japón. Desde la post-guerra
mundial, con la reconstrucción, las economías de los principales
países europeos han experimentado un crecimiento económico
que ha ido reclamando una mano de obra que la población autóctona
no podía abastecer. Y una cosa parece clara: en un mundo competitivo
nadie puede dormirse. De este modo, siguiendo a Portes y Böröcz,
los Estados-Nación tuvieron que tomar decisiones políticas
para satisfacer necesidades-iniciativas económicas, que se tradujeron
en la incentivación de inmigrantes bajo el nombre de Gastarbeiter
(o "trabajador invitado"). Unas políticas de gestión
de mano de obra que negaba el asentamiento en el territorio en favor
de un flexible marco rotativo. Pero con la llegada de la crisis de los
70 y 80, se cambió esta política por otra más restrictiva
que intentase regular los flujos migratorios. Además, los empresarios
vieron que el sistema rotativo era anti-económico, ya que se
hacía necesario formar cada vez a los nuevos trabajadores en
la tareas, con dificultades con el idioma, etc., y además, se
había demostrado que a nivel sindical no eran tan dóciles
como se había especulado. Fuese como fuese, se hizo necesario
cambiar la óptica política respecto a los flujos de migración
trabajadora.
El papel de los Estados Nacionales es clave a la hora de regular estos
flujos humanos, y para ello éstos firmaron el Tratado de Schengen,
que será un elemento clave en el proceso de construcción
europea, tal y como afirma el Colectivo Ioé: "El espíritu
de Schengen está caracterizado por una impronta policial, puesto
que sus objetivos son el orden público, la seguridad, las políticas
antiterroristas o contra el tráfico de drogas. Al incluir las
cuestiones de inmigración en este enfoque, lo que prima es una
actuación de control y vigilancia sobre los inmigrantes ya instalados,
y de rechazo abierto hacia los que intentan establecerse en los países
miembros" (Colectivo Ioé, 1999: 151). Y aquí es donde
empieza a gestarse la figura simbólica del inmigrante extra-comunitario,
con el uso de la retórica de la exclusión, "que ensalza
la identidad nacional y la exclusividad cultural" (Stolcke, 1994:
237).
Es la construcción del nuevo "habitus nacional" europeo:
"una noción exclusivista de la pertenencia y de los derechos
políticos y económicos implícita en la idea moderna
del Estado-nación, una de cuyas ideas centrales es la de que
los extranjeros, extraños de afuera, no tienen derecho a compartir
ni la riqueza nacionales y menos cuando estos parecen escasos"
(Stolcke, 1994: 238). Y aquí es donde la figura simbólica
del inmigrante extra-comunitario (reservada para los que están
con más dificultades económicas) juega un papel crucial
en el proceso de creación de la identidad europea: "ellos"
son extraños al "nosotros", reafirmando lo europeo
frente al chivo expiatorio culpable de los nuevos problemas sociales
y económicos.
Es la nueva forma que ha adoptado el racismo actual: lo que Verena Stolcke
denomina fundamentalismo cultural. Esta nueva forma de racismo se diferencia
de la anterior por poner énfasis no en la supremacía racial
sino en las diferencias de patrimonio cultural, legitimando la exclusión
de los extranjeros a la cultura. El fundamentalismo cultural, de esta
manera, naturaliza las divisiones socio-políticas existentes,
las raíces de las cuales son, de hecho, de tipo económico
y político. Y, al mismo tiempo, asienta el presupuesto de la
inconvivencia de las culturas, las cuales serían naturalmente
hostiles y mutuamente destructivas. El enriquecimiento intercultural
y el mestizaje social serían, pues, inexistentes, o si más
no, contraproducentes. Verena Stolcke así escribe:
"La xenofobia,
actitud supuestamente inherente a la naturaleza humana, constituye la
base ideológica del fundamentalismo cultural y explica la presunta
tendencia de los pueblos a valorar su propia cultura hasta el punto
de excluir otra; y, por tanto, hace imposible que pueblos de diferentes
culturas puedan vivir los unos junto a los otros. El fundamentalismo
cultural contemporáneo se basa, pues, en dos ideas convergentes:
que las diferentes culturas son inconmensurables y que, al ser los humanos
inherentemente etnocéntricos, las relaciones entre culturas son
por naturaleza hostiles. La xenofobia es al fundamentalismo cultural
lo que el concepto biomoral de raza es al racismo, a saber, la constante
naturalista que confiere valor de verdad y legitimiza las respectivas
ideologías" (1994: 244).
Vemos, pues, como el nuevo racismo
actual, el fundamentalismo cultural, toma como base ideológica
la xenofobia. Y siguiendo a Manzanos Bilbao, como veremos más
adelante, "el Estado es una estructura clave que potencia la xenofobia"
(Manzanos Bilbao, 1999: 23). Siguiendo con Stolcke, el racismo moderno
occidental busca racionalizar la superioridad nacional o la descalificación
socio-política, la explotación y la discriminación
económica de grupos e individuos dentro del Estado, gracias a
la atribución de defectos morales, intelectuales o sociales derivados
de su condición racial. Se legitima, así, la estructura
socio-económica jerárquica en la sociedad, escondiendo
las relaciones socio-políticas que hay detrás. De este
modo, se constituye como elemento necesario del capitalismo liberal,
según la autora.
El fundamentalismo cultural occidental (y europeo) crea conceptos antagónicos
(el extranjero inmigrante extra-comunitario versus el ciudadano nacional),
segregando en el espacio las culturas para posibilitar que "cualquier
persona de un país es extranjera en cualquier otra nación
en un mundo de Estados-nación, porque poseer una nacionalidad
está en la naturaleza de las cosas" (Stolcke, 1994: 247).
No obstante, el Estado-nación dejaría una puerta abierta
al inmigrante: la asimilación cultural.
3.Aparatos ideológicos
de Estado y Racismo: el caso del Estado español
Hasta ahora hemos ido viendo como la
creación de la figura simbólica del inmigrante extra-comunitario,
para inculcar paralelamente el sentimiento de pertinencia a la identidad
europea, ha estado potenciada desde los diferentes Estados-nacionales
que construyen la Unión Europea, mediante una buena dosis de
xenofobia y de neorracismo (el fundamentalismo cultural). "De arriba
a abajo en la jerarquía del poder institucional de la nación,
es decir, desde los debates gubernamentales y parlamentarios, las deliberaciones
y la toma de decisiones hasta las acciones legislativas en los niveles
más bajos de los estados, regiones o ciudades, encontramos muchos
tipos de discurso que, actualmente de manera a menudo muy sutil, expresan
actitudes negativas frente a los miembros de grupos minoritarios o provocan
acciones discriminatorias en contra de ellos" (Van Dijk, 1988:
132).
Pero para impulsar todo este repertorio discriminatorio sobre la sociedad,
esta operación estatalmente intencionada, hace falta mucho más
que acciones administrativas y políticas, ya que han de encontrar
legitimación dentro del mismo cuerpo social. En este sentido,
nos aproximamos al caso específico español para ver cómo
la acción política contra los inmigrantes se acompaña
de un bombardeo ideológico a través de los dos aparatos
que le sirven para esta finalidad: los medios de comunicación
y la educación.
A nivel histórico, en España a los largo de las décadas
de los 60 y 70 la figura del inmigrante era inexistente socialmente,
ya que demográficamente era irrelevante. No será hasta
1985 en que empiezan las políticas restrictivas derivadas de
la estrategia de integración a la CEE. De hecho, la figura existente
es, en cambio, la figura del emigrante, por los cambios económicos
y sociales que vive el país. Los Pirineos eran, en esos momentos,
la frontera simbólica entre desarrollados y subdesarrollados,
entre la "libertad" y la opresión, resultando ser una
zona de paso para los flujos migratorios hacia el mundo rico. Esto es
así hasta la firma del Tratado de Schengen, articulado en la
promulgación de la Ley de Extranjería, que obliga a España
a controlar estos flujos migratorios provenientes del Sur.
Esta "tarea europea" ha conllevado a diferentes cambios para
el Estado, desde una reorganización militar de la defensa del
territorio, ahora orientada al sur, hasta un aumento en inversiones
para la consolidación de dicha frontera, como es la inversión
de más de 20.000 millones de las antiguas pesetas en un complejo
sistema nombrado SIVE, conformado por radares y sensores, con el objetivo
de vigilar el acceso a las costas españolas en 500 quilómetros
(de Huelva hasta Almería). El gobierno justifica esta decisión
afirmando que de esta manera se luchará contra la inmigración
ilegal (El Mundo, 14 de julio de 2000). Se está levantando, pues,
un nuevo muro tecnológico-militar, que estará completamente
instalado en el 2004. ¿Qué características habrá
adoptado la inmigración en esas fechas?
Pedro Alvite analizó el caso español durante el periodo
que va del 10 de junio del año 1991 (inicio del segundo proceso
de regularización de trabajadores extranjeros) al 13 de noviembre
de 1992 (asesinato de la inmigrante dominicana Lucrecia Pérez
en Araca). Esta secuencia delimita claramente, para el autor, la culminación
de la construcción social de la inmigración como un problema,
con el inicio del discurso falseado sobre el racismo.
La base sobre la cual podrá calar el discurso neorracista impulado
desde el Estado a partir de los 90, es la acción racista existente
en el Estado español contra los gitanos. De este modo, el neorracismo
que se siembra desde los 90 encuentra ya un espacio de odio cultivado.
Así, las diferencias de racismo entre el dirigido hacia los gitanos
y el que se inicia hacia los inmigrantes extra-comunitarios "son
de estadio de desarrollo, de motivación, de instrumentalización,
pero no de naturaleza" (Alvite, 1993: 105). La figura simbólica
del inmigrante extra-comunitario era inexistente para la población
e hizo falta crear dicha figura, lo que le dió visibilidad por
el grado de espectacularidad mediática que adoptó dicha
acción.
Y es que en el resto de países europeos, receptores desde ya
hacía décadas de migración, sólo tuvieron
que cambiar las políticas más o menos abiertas y flexibles
de recepción de mano de obra, por políticas restrictivas
ante la crisis económica. Dicha crisis generó expresiones
de rechazo a los inmigrantes y esto facilitó al Estado la legitimación
de las nuevas medidas restrictivas: así se evitaría el
aumento de racismo, se dijo.
Pero en el Estado español, como hemos visto, la figura del inmigrante
era prácticamente inexistente, y de este modo los dispositivos
institucionales (legislativos y policiales) precedieron a las expresiones
sociales de rechazo de los 90. "Fue necesario producir una cierta
dosis de racismo para poder aplicar estas políticas con cierta
legitimidad, en la medida en que se carecía de justificación
previa, dado el reducido montante de población inmigrante (...),
o dado el bajo índice de rechazo social..." (Alvite, 1993:
111).
De este modo, la discriminación racista en España se basa
en la lógica de la exclusión, fundamentada en tres ejes
: el económico (especialmente en el tema laboral) ; en el de
la seguridad (entendida como seguridad ciudadana) y en el de la cultura
(agresión a nuestras costumbres). Así se elabora la figura
simbólica del inmigrante como un sujeto diferente sobre el cual
hay que aplicar mecanismos de defensa. "Así, exclusión
y expulsión se cierran en ese férreo círculo vital
que es la necesidad de seguridad existencial, y que segregan nuestras
sociedades cuando ven peligrar sus privilegios en momentos de fuertes
cambios como lo que nos ha tocado vivir en este final de siglo"
(Alvite, 1993: 114).
Se busca potenciar, tanto desde el Estado y sus aparatos ideológicos,
como desde los intelectuales (que la mayoría le son serviles),
la convicción de que el racismo y la xenofobia son resultado
de la inmigración y que por este motivo se hacen necesarias las
políticas restrictivas. Así el debate se centra no ya
sobre las acciones estatales, sino sobre la inmigración como
causa explicativa. Desde los medios de comunicación se filtran
noticias de avalanchas, olas migratorias, "invasiones", que
tienen por finalidad la criminalización constante de la figura
del inmigrante que, como hemos dicho, es el chivo expiatorio para conseguir
tres objetivos: desplazar el malestar y los miedos de la sociedad señalando
a un culpable; desviar hacia una víctima indefensa los problemas
sociales que es incapaz de solucionar el Estado, o que incluso él
está creando; y potenciar la identidad europea, portadora de
valores civilizadores, contrariamente al mundo bárbaro. "Ayudar
en definitiva a restablecer el consenso interno, puesto en peligro por
las propias contradicciones internas de nuestras sociedades en crisis
(...), [En definitiva] ganar tiempo para construir ese nuevo Estado-Nación
[la UE] basado en los mismos mecanismos de control, en las mismas desigualdades,
en los mismos privilegios" (Alvite, 1993: 121).
Y los medios de comunicación se ponen a trabajar para crear este
"enemigo interno extra-comunitario": "difunden e imponen
: lo que, dicho de una vez por todas, son visiones y divisiones del
mundo social" (Santamaría, 1994: 207). Las noticias que
hacen referencia a la inmigración "proceden fundamentalmente
de sucesos negativos -y por lo tanto negativizadores- como son detenciones,
expulsiones, delitos, corrupción policial y consular, desembarcos
nocturnos e ilegales, tráfico y venta de drogas, trabajo sumergido,
brotes de racismo, peleas, bandas peruanas, mafias chinas, etc."
(Santamaría, 1994: 210). Además, se remarca como las instituciones
europeas ponen dentro del mismo saco la inmigración, el terrorismo
y el tráfico de drogas, al mismo tiempo que remarcan las noticias
alrededor del Fundamentalismo Islámico, de la problemática
situación latinoamericana o de la Europa del Este. Este continuo
goteo informativo vincula inmigrantes con transgresión de leyes,
normas y/o estandartes, y trata sus asociaciones como fuentes de información
interesadas. Las fuentes de información que nutren el discurso
mediático sobre la inmigración son, básicamente,
las fuentes oficiales. Es así como se consigue categorizar la
inmigración como un objeto de intervención estatal.
Las Leyes de Extranjería que se han sucedido marcan, además,
la escisión de los colectivos de inmigrantes entre legales e
ilegales, los cuales se quedan atrapados "en una situación
de absoluta precariedad y vulnerabilidad social -en un estatuto de semiesclavitud"
(Santamaría, 1993: 66). Y, como no, en materia de Estado: caen,
pues, en manos policiales y de los servicios asistenciales y de entidades
benéficas. De este modo se consigue presentar el no-problema:
la propia sociedad receptora, como firme y activa frente a los ilegales,
pero humanitaria, solidaria y tolerante con los extranjeros y sus familias.
Así, la prensa trata la incorporación de estos como una
doble opción individual y voluntarista, entre la integración
social o el racismo. "Competencias que, es obligado decirlo, lejos
de pertenecer de manera indeferenciada a todos los miembros de la sociedad
de instalación, forman parte del universo de ese nuevo segmento
social central que son las nuevas clases medias" (Santamaría,
1994: 212), que de hecho ha siddo históricamente la base social
del fascismo político. Según Santamaría, la sociedad
española se representa mediáticamente como el paradigma
de la armonía social y de los grandes valores universales que
definen la sociedad liberal: igualdad, democracia y tolerancia. A esto
hay que añadirle dos mecanismos: en primer lugar, los brotes
de racismo son presentados como una transgresión de un hipotético
límite de tolerancia y, en segundo lugar, presentan el racismo
como un fenómeno social superficial y aislado, como un fenómeno
epidémico, sin profundidad estructural alguna. Se esconde, de
este modo, que nos encontramos ante un fenómeno que se reproduce
cotidianamente de forma ininterrumpida. "El racismo, en este sentido,
no es algo en absoluto extraordinario, todo lo contrario: designa unas
relaciones sociales tan ordinarias, tan socialmente estructurales y
estructurantes, como lo son el capitalismo y el patriarcado, con los
que está íntimamente imbrincado" (Santamaría,
1994: 215).
Todo, al fin y al cabo, para acabar de vertebrar la marginación
de los mismos: "si no se integran es porque no quieren", se
repite una y otra vez, haciendo recaer sobre ellos los atributos de
intrusos, inadaptados. Es la aceptación social del discurso sobre
la inmigración como un problema social. El Estado ha conseguido
su objetivo, pues se rompe toda perspectiva de solidaridad entre los
grupos, lo que siempre es un problema para el control y la dominación
social.
El otro aparato ideológico de Estado, la escuela, se ha puesto
también al servicio de esta construcción simbólica
de la figura del inmigrante. La función encomendada es la integración
de los miembros más jóvenes a la sociedad, participando
en la reproducción social y cultural de la misma. Siguiendo a
Santamaría, más que educar e instruir busca conformar
la consciencia y la sensibilidad de los individuos. "La institución
escolar está más próxima culturalmente de unos
grupos que de otros; o, lo que es lo mismo, se distancia más
de las configuraciones culturales de unos grupos sociales que de las
de otros" (Santamaría, 1998: 17). Y si hoy se hace un recorrido
por los libros escolares, se puede apreciar perfectamente como se buscar
que el alumno vaya interiorizando el nuevo espacio europeo como algo
propio, de su identidad individual, a la vez que busca que el alumno
reflexione en relación a la inmigración como un problema
(ilegalidades, desesperación, pobreza y marginalidad...) donde
las instituciones, legitimadas a sus ojos, están destinadas a
poner alguna solución. En pocos casos se contextualiza el panorama
desestabilizador mundial que está generando el neocolonialismo
y el proceso de globalización neoliberal. Se complementa, así,
con el bombardeo mediático, dándole una dimensión
académica al racismo social que se abre ante los ojos de los
adolescentes.
4.Población y "antirracismo":
el racismo inconsciente del relativista cultural
Pero, ¿cómo reacciona la
sociedad ante la voluntad de los grupos de poder? Pasamos a ver la visión
que la sociedad tiene sobre la inmigración : hacia 1999, según
las encuestas (con la extrema cautela que hay que tomar ante ellas),
la inmigración no era uno de los motivos principales de preocupación
(en el año 1999 era sólo para un 3% de los encuestados).
Y mientras en el resto de los países europeos la opinión
pública tendía a aceptar que se recortasen derechos de
los inmigrantes, en España se tendía en dirección
contraria: más bien a ampliarlos. Además existía
cierta sensibilidad hacia la inmigración: "esta sensibilidad
está subordinada a la situación de empleo de los autóctonos
y no se extiende la posibilidad de que lleguen nuevos inmigrantes"
(Colectivo Ioé, 1999 : p.171).
En la actualidad esta tendencia se ha visto modificada, produciéndose
un acercamiento a la opinión pública europea: según
encuentas del CIS aparecidas en julio de 2003, la inmigración
es el principal problema para el 14,7% de los encuestados. Es preciso
tener en cuenta que en los últimos años han persistido
los bombardeos mediáticos insistiendo en las avalanchas migratorias,
y que han acrecentado la desconfianza al vincularse ahora con el terrorismo
internacional (después de los atentados del 11 de setiembre de
2001) y con la inseguridad ciuadadana. Esto ha dado más alas
y más margen a los aparatos represivos del Estado, produciéndose
detenciones de aparentes células de Al Qaeda dormidas, a punto
de provocar unos supuestos atentados terroristas. Como bien se sabe,
y bien se olvida, dicho sea de paso, algunas de estas operaciones policiales
han sido un auténtico desastre, por no llamarlo escándalo.
Se han vulnerado derechos individuales y algunos de los detenidos bajo
ley antiterrorista han pasado meses en prisión, cuando lo más
peligroso que se les incautó fue un paquete de detergente (aunque,
según laboratorios de Estados Unidos estos detergentes contienen
sustancias con las que se puede llegar a fabricar Napalm casero -septiembre
de 2003-).
Esta situación de terror permanente, necesario para el control
social del Estado, ejecutado por las fuerzas policiales en sintonía
con los medios de comunicación (al fin y al cabo, son sus fuentes
de información) va claramente en aumento, y la inmigración
parece ser el blanco perfecto. Por ejemplo, las encuestas del CIS contienen
preguntas que obligan a dar respuestas rápidas a preguntas extremadamente
complejas como: "¿Qué política sería
la más adecuada con respecto a los trabajadores inmigrantes?",
o una más malintencionada como "¿Existe relación
entre inseguridad ciudadana e inmigración?". En cambio,
el CIS no hace preguntas en relación al paro, que es la preocupación
principal en España para un 67,7% de los encuestados. O, al menos,
no son las que encuentran proyección mediática, pues es
un pacto de Estado no remover mucho la arena del tema. Pero sí
sobre la inmigración, que preocupa especialmente al 14,7%, por
detrás del paro, del terrorismo (47,4%), de la Inseguridad ciudadana
(27,7%) y de la vivienda (16,3%).
Pero volvamos a la población autóctona para ver qué
visión o visiones se configuran de la inmigración, en
base a un sistema de valores (es decir, ideologías). Nos encontramos
con diferentes opciones que van operando en las relaciones sociales:
la lógica nacionalista (desde los progresistas a los proteccionistas);
la lógica culturalista (donde nos encontramos con el etnocentrismo
localista, el racismo obrero o el cosmopolitismo etnocéntrico,
que es el racismo de las clases sociales ilustradas); y la lógica
igualitaria (universalismo individualista, el igualitarismo paternalista
o la solidaridad anticapitalista). De este modo, la articulación
de la figura del extranjero se imagina y se construye socialmente en
un proceso continuo, en estrecha relación con las relaciones
sociales que se establecen. Según la previsión del Instituo
Nacional de Estadística, el 10% de la población española
tendrá origen extranjero el 2010. Repetimos la cautela con que
hay que tomar estas estadísticas, pues esta previsión
se basa en cálculos sobre migración y tasas de natalidad.
Se nos formulan unas preguntas: ¿es que ni siquiera los que nacen
en España son ya españoles? ¿Volvemos a la pureza
de sangre? Esto sin entrar a analizar hasta dónde está
llevando esta "pureza nacional" a algunos sectores del nacionalismo
vasco, o a la pureza lingüística del nacionalismo catalán.
En todo caso, "la forma de ejercerse el racismo se ha transformado,
estableciéndose y estructurándose mecanismos para practicarse
un racismo encubierto, invisibilizado, sutil y, por ello, más
anquilosado, contundente e inaparente. En nuestro país, por ejemplo,
predominan los discursos que defienden la igualdad, la tolerancia, la
integración de las personas inmigrantes y sin embargo, somos
la frontera exterior de una fortaleza exterior que incluye a los inmigrantes
extracomunitarios como un problema de seguridad y articula mecanismos
para impedir la libre circulación personal procedentes del exterior"
(Manzanos, 1999: 21).
Aquí nos detenemos para ver cómo el racismo de Estado
ha calado en el cuerpo social y cómo se aborda éste desde
las opciones sociales que se autoproclaman en lucha contra esta ideología.
Es lo que Taguieff llama metamorfosis de la ideología racista
y crisis del antirracismo que, como veremos, enlaza con la nueva forma
de racismo que Stolcke denomina fundamentalismo cultural.
Taguieff, precisamente, denuncia los movimientos antirracistas, los
cuales vieron en el relativismo cultural una forma de vencer los antiguos
presupuestos del racismo y que ha degenerado en una negación
del debate sobre el fenómeno, viviendo sólo de la denuncia.
Esto, como hemos visto, favorece el discurso mediático impulsado
desde el Estado, a la hora que consigue crear la ilusión de reducir
el fenómeno del racismo como si sólo se tratara de algo
que afecta a unos grupos reducidos de la extrema derecha.
Para este autor, el neorracismo actual se fundamenta sobre dos esquemas:
la defensa de las identidades culturales y la defensa del derecho a
la diferencia, donde "el nuevo racismo doctrinal se funda en el
principio de inconmensurabilidad radical de la formas culturales diferentes"
(Taguieff, 1993: 168). Aparece una nueva forma de racionalización
de las masacres intergrupales en nombre del antiimperialismo de liberación
nacional, o de la preservación de la identidad cultural de un
pueblo, o de la seguridad de las fronteras, o en nombre del imperativo
de legítima defensa contra las agresiones extranjeras. La metamorfosis
del racismo vendría por un cambio de la biologización
por la culturalización y de la desigualdad por la diferencia
cultural. El paso de un racismo declarado a un racismo simbólico.
El antirracismo actual, abocado al relativismo cultural y a la aceptación
de la diferencia, es tanto culturalista como diferencialista y, por
tanto, "el antirracismo relativista-culturalista puede volverse
un nuevo racismo" (Taguieff, 1993: 172).
El neorracismo busca extranjerizar ciertas minorías, ya sea a
nivel étnico, nacional o religioso, presentándolas como
factores de desestabilización o de descomposición de la
identidad nacional por el simple hecho de entrar en contacto. De este
modo, el racismo se presenta como la ideología más realista
que existe, ya que muestra la diferencia y la remarca: "todo el
mundo puede ver las diferencias de idiomas o de acentos. Aquí
está la realidad diferencial inmediata que, con lo evidente de
lo que salta a la vista, constituye la roca sobre la cual se apoya el
edificio imponente del neo-racismo, el cual se presenta como defensor
de las identidades culturales, por consiguiente, como antirracismo auténtico.
Hemos entrado ya en el océano de las ambigüedades"
(Taguieff, 1993: 190). Así, el nuevo racismo de la diferencia
cultural ha podido presentarse como el antirracismo auténtico,
respetuoso de todas las identidades de grupo.
Tendrá que verse cómo evoluciona la sociedad y las nuevas
expresiones de rechazo que, lamentablemente, no creemos que disminuyan.
Las políticas restricitivas han cortado la dinámica migratoria
de idas y vueltas, favoreciendo por el contrario el asentamiento y el
reagrupamiento familiar, formándose las llamadas minorías
étnicas. Aumenta, pues, la presencia social y cultural en la
vida cotidiana de elementos "extraños" a una hipotética
esencia nacional y cultural de los españoles, ahora también
europeos. El terreno está sembrado, sólo faltan algunas
lluvias. Como afirma el Colectivo Ioé, "no hay integración
posible de la inmigración extranjera en un contexto que tiende
a incrementar las desigualdades y la precariedad de una parte considerable
de la población autóctona. En todo caso, será una
integración entre los marginados, en condiciones de vida que
promueven el conflicto y la etnización del malestar social"
(Colectivo Ioé, 1999: 152).
En conclusión, es este un triste mundo de Estados, de parcelación
territorial, de fronteras y naciones, de extranjeros e inmigrantes,
de ciudadanos de primera, segunda y tercera clase. De privilegiados
y de esclavos. La irracionalidad avanza a medida que las argumentaciones
que apelan a las emociones calan con poca resistencia en el conjunto
de la población. El Estado es consciente de que su estrategia
ha de ser dividir y fragmentar los colectivos, los grupos y los individuos
potenciando en ellos imágenes de un mundo esencialmente dividido
y estratificado, impidiendo así que se urgue demasiado en quién
genera estas divisiones, pues se volvería al Estado mismo como
causa y perpetuante de la división social. De esta forma la estructura
Estatal resta intacta, al servicio de los privilegiados de la sociedad,
que pueden seguir con sus proyectos políticos y económicos.
La solidaridad popular siempre es, a los ojos del Estado, un peligro
para el desorden social que mantiene, legitima y reproduce en nombre
de lo más sagrado de la actualidad: la herencia de la propiedad
privada.
Para persistir en la parcelación de mundos los elementos religiosos
y nacionales son idóneos para legitimar las divisiones que emanan
de las propias contradicciones del sistema. El racismo va penetrando
y seguirá penetrando gracias a la estrategia criminalizadora,
estigmatizadora y negativizadora que el Estado y sus aparatos ideológicos
están llevando a cabo. Es desde el Estado que se está
potenciando y creando un ciudadano medio inconscientemente racista.
El racismo se va nutriendo del miedo que se instala en nuestra sociedad.
Del deseo a que nada cambie y de la despreocupación de todo aquello
que va más allá del proyecto individual. Para este individuo
no caen fronteras. Sólo cambian de lugar para levantarse con
más consistencia. Para cerrar a todos los individuos en prisiones
de y para la obediencia, ya sea como ciudadanos nacionales o como inmigrantes;
como creyentes o como infieles; o, en definitiva, como quiera representarse
la injusticia social.
5.Bibliografía
- Actis, Walter; Prada, Miguel Ángel de; Pereda, Carlos (Colectivo
Ioé): Inmigrantes, trabajadores, ciudadanos: Una visión
de las migraciones desde España. València, Universitat
de València (Patronat Sud-Nord), 1999.
- Alvite, Juan Pedro (coord.): Racismo, antirracismo e inmigración.
Donostia, Tercera Prensa-Hirugarren Prentsa S.L., 1995
- Manzanos Bilbao, César: El Grito del Otro: Arqueología
de la marginación social. Madrid, Editorial Tecnos, 1999.
- Santamaría, Enrique; González Placer, Fernando (coords):
Contra el fundamentalismo escolar: Reflexiones sobre educación,
escolarización y diversidad cultural. Barcelona, Editorial Virus,
1998.
- " : (Re)presentación de una presencia, en Archipiélago,
nº12, 1993.
- Van Dijk, Teun A: Ideología: Una aproximación multidisciplinaria.
Barcelona, Editorial Gedisa S.A., 1999
- " : El discurso y la reproducción del racismo, a Lenguaje
en Contexto, Buenos Aires, 1, 1998, pp-131-180
- " : El racismo de la elite, a Archipiélago, Castelldefels,
14, 1993, pp. 106-111.
- VVAA: Extranjeros en el paraíso. Bilbao, Editorial Virus, 1994.
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