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"Es
proponiéndose lo imposible como el hombre ha logrado siempre
lo posible.
Aquellos que se han ceñido prudentemente a lo que les parecía factible, jamás han avanzado un solo paso" |
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Revistas
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Análisis:
Frente a la guerra |
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Esta realidad se construye a la
sombra de una amenaza fantasma que periódicamente va cambiando
y que, camaleónicamente va tomando nuevos rostros: desde la amenaza
"roja" de la guerra fría al actual terrorismo islámico.
Este enemigo permanente es un enemigo con "mil rostros" y
es un adversario que permite justificar unas estructuras militares defensivas
que, invariablemente, acaban jugando al ataque. Una ofensiva que se
cifra en datos espeluznantes: cientos de miles de millones en gastos
militares para invertirlos en los cientos de conflictos aparecidos en
los últimos cincuenta años. Para emplearlos, por tanto,
en muertos, desaparecidos, inválidos... Para gastarlos, por tanto,
en esa nueva guerra que no existe y en un mundo que está en "paz".
Es un terrorismo que, supuestamente, tiene capacidad "real" para atacar cualquier país y que justifica una oleada de vigilancia desde los Estados hacia sus ciudadanos así como recortes en los más elementales derechos humanos en nombre de la seguridad. Y con ello la "caza de brujas". Todo aquel que alce una voz crítica contra el sistema puede ser señalado, acusado y perseguido por colaboración con el enemigo. Una guerra que será convertida por los medios de comunicación en espectáculo. Informativos, series televisivas, películas... en ellos la guerra también forma parte del negocio de los medios. Ocio y negocio se dan la mano en éste carnaval mediático con el que se teje un pensamiento único, estandarizado, en el que la guerra se presenta como solución, como norma, como salvación ante el "enemigo". Sea el que sea. Un enemigo monstruoso, pero lleno
de ventajas. Un enemigo útil para fundamentar el ejercicio de
la violencia contra... contra quien convenga, por supuesto. Un enemigo
que se sabe, a todas luces, necesario para ese nuevo orden mundial que,
es cierto, tiene como gran problema el terrorismo. Pero no sólo
ejercido por los fundamentalismos de cualquier orden sino aquel causado
por la desigualdad, la falta de libertad y la injusticia. Ése
es el peor terrorismo. Ése es el auténtico terrorismo.
Sin embargo, durante este periodo de protesta es amplio el sentido "humanitario y caritativo" sobre las pobres víctimas de la guerra. Sobre todo cuando la guerra se produce a miles de kilómetros. Y las "pobres víctimas" también están lejos. Pero que corto es ese sentimiento cuando los "pobres" se nos acercan. ¿Que queda de toda esa solidaridad y pacifismo cuando los desposeídos de todo el mundo se nos aproximan y llegan en patera? Se transforma en rechazo visceral, en una justificación del sometimiento social, en una humillación continua y en un explotación brutal e implacable. No se ha de olvidar que algunos de los apóstoles de la paz han consentido en legitimar situaciones de violencia estructural tan terribles como el terrorismo de Estado -y no sólo se ha de ir a Israel a buscarlo-. Son los mismos que bendijeron a la OTAN como la alianza militar que debía garantizar el futuro de la humanidad. Son los mismos que han practicado el más absoluto silencio ante espectáculos bélicos tan abominables como las masacres de Kosovo o los bombardeos masivos e indiscriminados sobre Afganistán. Y son los mismos que no se interesan por ningún conflicto o matanzas que no aparezcan en los informativos de televisión en "prime time". Ante esta realidad sólo aparecen algunas tímidas voces ligadas a un blando humanitarismo de los ricos hacia los pobres. Pero es casi inexistente un grito que reclame una auténtica justicia social y que se movilice contra el abuso y la tiranía. En este caso ya no hay caceroladas, ni paros de quince minutos a las doce del mediodía, ni pic-nic en medio de la autopista... Es un pacifismo bienintencionado, pero superficial e hipócrita, avalado y promocionado por la "autoridad" local que se moviliza para afianzarse demagógicamente en un cómodo sillón rebosante de subvenciones y negocios personales. Es por ello que creemos necesario cambiar totalmente la concepción y el sentido de la educación para la paz. No hay más que buscar en los objetivos terminales de cualquier programa educativo para ver que están presentes de una manera u otra los objetivos de educación para la paz. No importa que las instituciones impulsoras del proyecto educativo sean estatales o privadas. Es igual que venga de los centros de enseñanza considerados de carácter público o de los concebidos como un mero negocio. Pueden venir de ministerios de cualquier signo político, comunidades históricas y no históricas, diputaciones de mayoría conservadora o socialdemócrata, ayuntamientos nacionalistas o eco-comunistas. Y también de los centros de enseñanza desde la primaria hasta los postgrados, cursos de autoayuda o de idiomas y las mil fórmulas de educación complementaria a los sistemas más o menos reglados. No importa tampoco que los programas educativos sean formales, no formales e informales. Allí están los contenidos de educación para la paz. Pero igual que, como decía Clemenceau, la guerra es un asunto demasiado grave para confiárselo a los militares. Quizá también lo sea para dejársela los historiadores que hablan de la guerra como ejemplo de grandeza de unos pueblos sobre otros, de unas civilizaciones sobre el resto, de unas naciones sobre todas las demás. Y quizá tampoco habría que dejarla en manos de los educadores que consciente o inconscientemente relacionan guerra con progreso. Progreso ligado a la grandeza de los individuos o de los pueblos. Grandeza cuyo origen es la guerra y por tanto la crueldad, el abuso o la violación. Así, en el estudio de la historia y, por supuesto, en la educación los que peor servicio hacen a la Historia y a la Educación son aquellos historiadores y educadores que hablando de la Guerra pretenden educar para la paz, pero lo hacen de manera abstracta y superficial. Hipócrita muchas veces. Desde un pensamiento acrítico proponen la paz como alternativa para la guerra sin cuestionarse las estructuras de poder que la potencian, la alimentan y se benefician de su existencia. Es necesario para ello un modelo ideológico de problematización de la realidad y de pensamiento social crítico acorde con un concepto de paz amplio y global. Y también es necesaria una educación para la paz acorde con este modelo. Pero rechazando la ilusión de que la educación por sí misma sea suficiente para modificar las estructuras sociales. Al contrario, la educación las más de las veces va a remolque de los procesos sociales, económicos y políticos. La educación se ha de implicar en la sociedad. No es suficiente con sensibilizar respecto de la crueldad de la guerra. La educación ha de participar, desde el compromiso social, en acciones directamente orientadas a luchar contra la guerra. La educación, por tanto, no puede ser neutral. Ha de cuestionarse las actuales estructuras sociales, tanto las nacionales como las que existen entre estados. Ha de ser una educación fundada en la concienciación y ha de estar orientada a la acción y la transformación de las estructuras violentas, incluyendo la propia violencia estructural y simbólica del sistema educativo. Se trata de desarrollar un nuevo tipo de cultura que ayuda a desvelar críticamente la realidad para situarse ante ella y actuar en consecuencia. Una educación para la paz desde una educación para el conflicto y la desobediencia a las situaciones de dominio y opresión que se producen y han producido en la historia de la humanidad. Una educación para el conflicto que ponga en cuestión, por tanto, la trama de conformismo, complicidad, obediencia y pasividad ante los aspectos más violentos de la actual sociedad: los ejércitos, las cárceles, el consumismo, el control de la información, la destrucción del medio ambiente, la explotación laboral... Educar para el conflicto desde el que crear una confrontación crítica desde la que se revalorice la capacidad crítica y la puesta en marcha de alternativas más humanas y sociales. Así nace este segundo número
de Aula Abierta. David Marín Lecina propone unos materiales
educativos donde aporta instrumentos en cada uno de estos puntos que
giran alrededor de la guerra y del poder. Ello se complementa con el
artículo de Carmen Iniesta, un análisis clarificador de
las estrategias de captación de la carne de cañón
del Estado Español, que curiosamente afecta a los sectores juveniles
más pobres, con menores posibilidades de salir adelante y los
que, además, serán los menos beneficiados de este demoledor
sistema social. Prueba de ello es el chantaje actual dirigido a los
jóvenes inmigrantes: mata en nombre de España, y llegarás
a ser español. Estrategia usada en España, Chile (ver
Unidad 5 de los materiales educativos "Guerra a la Guerra"),
Perú, Francia, Alemania, Estados Unidos,... ningún Estado
escapa de esta lista. Tampoco aquellos que dicen luchar por Estados
nuevos.
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