"Es proponiéndose lo imposible como el hombre ha logrado siempre lo posible.
Aquellos que se han ceñido prudentemente a lo que les parecía factible,
jamás han avanzado un solo paso"
 

 

¿Qué es Aula   Abierta?

 Revistas
 
 1.Antirracismo
  2.Guerra

 Publicar en  Aula Abierta

 CD gratuito

 Imprimir  Materiales

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Núm. 2

Análisis:
Frente a la guerra
 


Hemos centrado este segundo número de Aula Abierta: revista de Educación Crítica en el tema de la guerra y el poder. Que en este momento sea éste un contexto donde la guerra tenga relevancia mediática, al menos en los países más ricos, no deja de ser una simple anécdota. Trataremos el problema de la guerra como lo que creemos que es: un problema estructural, y solo explicable por unas sociedades cuyos fundamentos son la violencia interna y la conquista externa. Es por ello que el poder necesita presentar el desorden que él mismo genera como justamente todo lo contrario: una amenaza a su orden.

Esta realidad se construye a la sombra de una amenaza fantasma que periódicamente va cambiando y que, camaleónicamente va tomando nuevos rostros: desde la amenaza "roja" de la guerra fría al actual terrorismo islámico. Este enemigo permanente es un enemigo con "mil rostros" y es un adversario que permite justificar unas estructuras militares defensivas que, invariablemente, acaban jugando al ataque. Una ofensiva que se cifra en datos espeluznantes: cientos de miles de millones en gastos militares para invertirlos en los cientos de conflictos aparecidos en los últimos cincuenta años. Para emplearlos, por tanto, en muertos, desaparecidos, inválidos... Para gastarlos, por tanto, en esa nueva guerra que no existe y en un mundo que está en "paz".

Los ejércitos, nacidos, equipados e instruidos para la muerte ahora se presentan como instrumentos de vida. Y es que las guerras que emprenden los países más ricos (al menos en cuestiones militares) no pueden justificarse sobre la defensa de sus propios intereses. No pueden embarcarse en guerras contra terceros en nombre de: posiciones estratégicas ventajosas, los intereses económicos de sus multinacionales o la ampliación de su espacio de poder frente a otros estados. ¡Por supuesto que no! Necesitan de valores más elevados. Necesitan de mecanismos de propaganda más sofisticados. ¿Y que mejor que una guerra humanitaria o una misión de paz?

Nada mejor. El negocio es redondo. Banqueros, Empresarios, Científicos y Políticos se lucran individualmente gracias a las máquinas de la guerra que construyen y reconstruyen. Esas máquinas que aseguran su poder y su forma de vida. Es por ello que por lo menos no cabe sino desconfiar: la guerra no les beneficia a posteriori, sino que las crean con un único objetivo: el enriquecimiento.

Hemos visto un ejemplo insultante de ello en esta guerra de Iraq: el "Eje del Bien" atacó con casi todo lo que tenía para acabar con las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, se decía. Y si desde el principio incluso los inspectores de la ONU (fiel instrumento al servicio de los intereses de las grandes potencias) negaban su existencia, se atacó "preventivamente". Incluso humanitariamente.

Hemos dicho anteriormente que se atacó con "casi todo" el arsenal, porque parece improbable que se haya atacado con bombas nucleares, aunque sí con algunos derivados de ellas. Se han usado las armas más "modernas", muchas de las cuales en fase experimental, que la opinión pública desconocemos por completo de su existencia. Y, por supuesto, se han usado las ya tradicionales armas químicas, que ya no son ninguna novedad: desde su preocupante irrupción en la Primera Guerra Mundial no ha dejado sino de desarrollarse.

Muchos se han beneficiado de ello. Empresarios, Banqueros, Políticos y... también Científicos.
Sí, para ello se hace necesaria la estrecha colaboración de los científicos. Un auténtico ejército de intelectuales al servicio del Mercado y del Estado -o de ambos- que han optado por trabajar en el desarrollo de las técnicas de la destrucción. La máscara de ello es bien sencilla: se vincula el avance científico a la civilización, resultando de ello un potente mito: los países "desarrollados", los de la mejor ciencia y mejor tecnología, son los portadores de la verdad. Un mito que les permite elevarse a una pseudocategoría de Estados Civilizados que deben hacer frente a la barbarie y al salvajismo. Tan avanzados son sus planteamientos, que aún funcionan los esquemas evolucionistas del siglo XIX y que, precisamente, aseguraron grandes éxitos expansionistas y conquistadores. Hoy, el "Eje del Bien" está empeñado en destruir el salvajismo.

La ciencia, pues, opera al servicio de los asesinatos en masa. Más destrucción y mejores armas. Muchos científicos están denunciando a voces estas políticas de los Estados. Aún siendo muy valeroso dicho esfuerzo, se queda en la superficie ya que la máxima crítica se queda sólo en cuestionar cómo se usa el pastel presupuestario, sin denunciar la dinámica de un mundo regido por la violencia de los Estados y los Mercados. Estos no quieren perder control ni poder. Y ello solo se consigue con más violencia.

Todo ello requiere de elementos de legitimación, propagados sin cesar a través de los medios de comunicación. Y el más socorrido es el de la construcción de enemigos, el diseño de amenazas que garanticen el cierre de filas alrededor del orden establecido. Así no paran de "aparecer" fanáticos destructores, locos malvados, dioses amenazantes, patrias ambiciosas... Desde Gadaffi en Libia pasando por Milosevic en Serbia y llegando al propio Sadam Hussein en Irak el enemigo de Occidente, los Derechos Humanos, la democracia o el mundo libre ha tenido distintas caras en los últimos años. Ahora, desde el fatídico 11-S de 2001, la amenaza es aun más compleja. El llamado terrorismo internacional supone la existencia de peligrosas amenazas que están por todas partes, diseminadas por el planeta.

Es un terrorismo que, supuestamente, tiene capacidad "real" para atacar cualquier país y que justifica una oleada de vigilancia desde los Estados hacia sus ciudadanos así como recortes en los más elementales derechos humanos en nombre de la seguridad. Y con ello la "caza de brujas". Todo aquel que alce una voz crítica contra el sistema puede ser señalado, acusado y perseguido por colaboración con el enemigo.

Una guerra que será convertida por los medios de comunicación en espectáculo. Informativos, series televisivas, películas... en ellos la guerra también forma parte del negocio de los medios. Ocio y negocio se dan la mano en éste carnaval mediático con el que se teje un pensamiento único, estandarizado, en el que la guerra se presenta como solución, como norma, como salvación ante el "enemigo". Sea el que sea.

Un enemigo monstruoso, pero lleno de ventajas. Un enemigo útil para fundamentar el ejercicio de la violencia contra... contra quien convenga, por supuesto. Un enemigo que se sabe, a todas luces, necesario para ese nuevo orden mundial que, es cierto, tiene como gran problema el terrorismo. Pero no sólo ejercido por los fundamentalismos de cualquier orden sino aquel causado por la desigualdad, la falta de libertad y la injusticia. Ése es el peor terrorismo. Ése es el auténtico terrorismo.

Todo ello nos lleva a la necesidad de redefinir no solo el concepto de guerra, sino especialmente el de la Paz. Ésta, en boca de todos, está al servicio los episodios más alarmantes de destrucción y de conquista. Desde los personajes macabros y asesinos liberal-conservadores como los George Bush (es necesario recordar que el presagio más claro de lo que vivimos es la ejecución gracias a su firma de más de cien personas cuando era gobernador) y sus cómplices, pero también de socialdemócratas como Solana (un pacifista en la secretaría general de la OTAN) o Felipe González (con su terrorismo de Estado y su guerra de Yugoslavia). Incluso desde las supuestas alianzas progresistas de socialistas, eco-comunistas y nacionalismos varios se colabora situando tropas en Haití, Afganistán o Indonesia. Eso sí, su "ardor guerrero" se envuelve con el celofán del humanitarismo, la democracia y la legalidad a pesar de que sólo son una variable más que colabora en el sostenimiento del status quo del "nuevo orden mundial". Son los mismos que protestan oportunistamente cuando están en lucha electoral, animando desde sus medios a las protestas populares, sacando provecho a la lógica indignación social contra unas guerras que critican por la única razón de que no las han emprendido ellos.

Sin embargo, durante este periodo de protesta es amplio el sentido "humanitario y caritativo" sobre las pobres víctimas de la guerra. Sobre todo cuando la guerra se produce a miles de kilómetros. Y las "pobres víctimas" también están lejos. Pero que corto es ese sentimiento cuando los "pobres" se nos acercan. ¿Que queda de toda esa solidaridad y pacifismo cuando los desposeídos de todo el mundo se nos aproximan y llegan en patera? Se transforma en rechazo visceral, en una justificación del sometimiento social, en una humillación continua y en un explotación brutal e implacable.

No se ha de olvidar que algunos de los apóstoles de la paz han consentido en legitimar situaciones de violencia estructural tan terribles como el terrorismo de Estado -y no sólo se ha de ir a Israel a buscarlo-. Son los mismos que bendijeron a la OTAN como la alianza militar que debía garantizar el futuro de la humanidad. Son los mismos que han practicado el más absoluto silencio ante espectáculos bélicos tan abominables como las masacres de Kosovo o los bombardeos masivos e indiscriminados sobre Afganistán. Y son los mismos que no se interesan por ningún conflicto o matanzas que no aparezcan en los informativos de televisión en "prime time".

Ante esta realidad sólo aparecen algunas tímidas voces ligadas a un blando humanitarismo de los ricos hacia los pobres. Pero es casi inexistente un grito que reclame una auténtica justicia social y que se movilice contra el abuso y la tiranía. En este caso ya no hay caceroladas, ni paros de quince minutos a las doce del mediodía, ni pic-nic en medio de la autopista... Es un pacifismo bienintencionado, pero superficial e hipócrita, avalado y promocionado por la "autoridad" local que se moviliza para afianzarse demagógicamente en un cómodo sillón rebosante de subvenciones y negocios personales.

Es por ello que creemos necesario cambiar totalmente la concepción y el sentido de la educación para la paz. No hay más que buscar en los objetivos terminales de cualquier programa educativo para ver que están presentes de una manera u otra los objetivos de educación para la paz. No importa que las instituciones impulsoras del proyecto educativo sean estatales o privadas. Es igual que venga de los centros de enseñanza considerados de carácter público o de los concebidos como un mero negocio. Pueden venir de ministerios de cualquier signo político, comunidades históricas y no históricas, diputaciones de mayoría conservadora o socialdemócrata, ayuntamientos nacionalistas o eco-comunistas. Y también de los centros de enseñanza desde la primaria hasta los postgrados, cursos de autoayuda o de idiomas y las mil fórmulas de educación complementaria a los sistemas más o menos reglados. No importa tampoco que los programas educativos sean formales, no formales e informales. Allí están los contenidos de educación para la paz.

Pero igual que, como decía Clemenceau, la guerra es un asunto demasiado grave para confiárselo a los militares. Quizá también lo sea para dejársela los historiadores que hablan de la guerra como ejemplo de grandeza de unos pueblos sobre otros, de unas civilizaciones sobre el resto, de unas naciones sobre todas las demás. Y quizá tampoco habría que dejarla en manos de los educadores que consciente o inconscientemente relacionan guerra con progreso. Progreso ligado a la grandeza de los individuos o de los pueblos. Grandeza cuyo origen es la guerra y por tanto la crueldad, el abuso o la violación.

Así, en el estudio de la historia y, por supuesto, en la educación los que peor servicio hacen a la Historia y a la Educación son aquellos historiadores y educadores que hablando de la Guerra pretenden educar para la paz, pero lo hacen de manera abstracta y superficial. Hipócrita muchas veces. Desde un pensamiento acrítico proponen la paz como alternativa para la guerra sin cuestionarse las estructuras de poder que la potencian, la alimentan y se benefician de su existencia.

Es necesario para ello un modelo ideológico de problematización de la realidad y de pensamiento social crítico acorde con un concepto de paz amplio y global. Y también es necesaria una educación para la paz acorde con este modelo. Pero rechazando la ilusión de que la educación por sí misma sea suficiente para modificar las estructuras sociales. Al contrario, la educación las más de las veces va a remolque de los procesos sociales, económicos y políticos. La educación se ha de implicar en la sociedad. No es suficiente con sensibilizar respecto de la crueldad de la guerra. La educación ha de participar, desde el compromiso social, en acciones directamente orientadas a luchar contra la guerra.

La educación, por tanto, no puede ser neutral. Ha de cuestionarse las actuales estructuras sociales, tanto las nacionales como las que existen entre estados. Ha de ser una educación fundada en la concienciación y ha de estar orientada a la acción y la transformación de las estructuras violentas, incluyendo la propia violencia estructural y simbólica del sistema educativo. Se trata de desarrollar un nuevo tipo de cultura que ayuda a desvelar críticamente la realidad para situarse ante ella y actuar en consecuencia.

Una educación para la paz desde una educación para el conflicto y la desobediencia a las situaciones de dominio y opresión que se producen y han producido en la historia de la humanidad. Una educación para el conflicto que ponga en cuestión, por tanto, la trama de conformismo, complicidad, obediencia y pasividad ante los aspectos más violentos de la actual sociedad: los ejércitos, las cárceles, el consumismo, el control de la información, la destrucción del medio ambiente, la explotación laboral... Educar para el conflicto desde el que crear una confrontación crítica desde la que se revalorice la capacidad crítica y la puesta en marcha de alternativas más humanas y sociales.

Así nace este segundo número de Aula Abierta. David Marín Lecina propone unos materiales educativos donde aporta instrumentos en cada uno de estos puntos que giran alrededor de la guerra y del poder. Ello se complementa con el artículo de Carmen Iniesta, un análisis clarificador de las estrategias de captación de la carne de cañón del Estado Español, que curiosamente afecta a los sectores juveniles más pobres, con menores posibilidades de salir adelante y los que, además, serán los menos beneficiados de este demoledor sistema social. Prueba de ello es el chantaje actual dirigido a los jóvenes inmigrantes: mata en nombre de España, y llegarás a ser español. Estrategia usada en España, Chile (ver Unidad 5 de los materiales educativos "Guerra a la Guerra"), Perú, Francia, Alemania, Estados Unidos,... ningún Estado escapa de esta lista. Tampoco aquellos que dicen luchar por Estados nuevos.

Es un número que intenta, por tanto, salir al paso de las ofensivas mediáticas y escolares que pretenden canalizar a estos jóvenes hacia el asesinato legal y a la muerte vacía. Es un número que intenta hacer frente a la máquina del terror del poder armando con pensamiento crítico a los individuos más susceptibles de caer en sus garras. En definitiva, se trata de hacer frente a la autoridad que quiere arrastrar sus vidas por senderos de muerte y destrucción, por muy democrática que quiera presentarse. Pues ninguna autoridad merece ser servida.




Editorial
Textos