"Es proponiéndose lo imposible como el hombre ha logrado siempre lo posible.
Aquellos que se han ceñido prudentemente a lo que les parecía factible,
jamás han avanzado un solo paso"
 

 

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Núm.5

2.2. Por siempre jamás

Por siempre jamás
Actividades
Recurso 1
Recurso 2
La Complementaria




     Por siempre jamás

El proyecto nacionalista es, como hemos visto, ambiguo ideológicamente y puede vestir propuestas políticas tanto conservadoras como progresistas. Evidentemente desde cada una de estas posiciones se acabará hablando de nacionalismos buenos o malos, dependiendo de si el proyecto patriótico coincide, o no, con la militancia política de cada cual. Sin embargo, ésta es una visión superficial de la realidad nacionalista.

Lo cierto es que unos y otros –los grupos políticos claramente reaccionarios y los supuestamente transformadores- acaban bebiendo en la fuente nacionalista de los mismos valores: la separación, la diferenciación o el establecimiento de fronteras políticas y sociales. Ello implica que, se quiera o no, desde las posiciones nacionalistas se defiende una visión absolutamente vertical de la sociedad, en la que privilegiados y marginales militan en una misma idea de patria, concepto y valor superior que se ha de defender y potenciar por encima de cualquier otro objetivo de igualdad y libertad.

Para ello el nacionalismo busca confundirse con la idea de “identidad nacional” de grupo, entendida como un conjunto de rasgos étnicos o culturales, y así consolidarse como una mentalidad y no sólo como una opción política más. En otras palabras, en nacionalismo dice quién conforma el “Nosotros” nacional. Pero, ¿cómo ha conseguido el nacionalismo pasar de ser una mera opción política a convertirse en una mentalidad, en una visión del mundo y en un valor respetado y respetable por tendencias políticas enfrentadas?

P odría decirse que el nacionalismo ha conseguido hacer creer que las fronteras inventadas son la realidad misma. Algunos teóricos de la patria defienden cierta transposición mágica según la cual el territorio otorga un carácter particular a sus habitantes, distinguiéndolos del resto del mundo. Los catalanes son así y los andaluces son asá. ¿Todos? ¿por el hecho de nacer en Andalucía o Cataluña? ¿Los catalanes del campo y de la ciudad? ¿Los andaluces de la montaña y de la costa? Como si hubiesen nacido con la barretina puesta o el sombrero cordobés bajo el brazo. Y aparece el estereotipo: catalanes trabajadores y andaluces vagos, dice el tópico. Que les pregunten a los obreros andaluces emigrantes a Cataluña sobre las jornadas laborales que tuvieron que asumir para beneficio de sus empresarios catalanes. Cortijo ajeno del que huyeron y cortijo ajeno al que se vieron nuevamente adscritos. Atrapados de nuevo. Los de Andalucía y los de cualquier otro origen. Absurdo.

Esta visión del “nosotros” se sustentaba con argumentos pseudo-científicos de la superioridad biológica de unas razas sobre otras. Blancos sobre negros, arios sobre latinos… Este discurso alimentado desde los sectores dominantes (evidentemente, los que se creían racialmente superiores) cultivaba esta visión racial, construyendo la figura del fanático racista. Argumentos que la misma biología ha ridiculizado, pero que han dejado un pasado de horror. Terrible ficción.

E n los últimos tiempos se ha desarrollado una visión de la cultura en la que se otorga una excesiva importancia a las diferencias culturales entre los seres humanos, potenciándose a su vez un presunto “derecho a la diferencia” por encima de otros valores.

Este “culturalismo” ha acabado ocupando los espacios que el racismo tradicional ha ido dejando libre, y se ha convertido en la base teórica de las conductas xenófobas actuales ligadas a los nuevos nacionalismos. El viejo racismo ha tomado la forma más políticamente correcta del etnicismo.

Este nuevo discurso xenófobo, surgido del relativismo cultural, buscaba eliminar la creencia de que existía una superioridad de unos pueblos sobre otros, pero este mito de la superioridad racial acabó transformado en una visión estática y esencialista de la cultura que, en la práctica, ha acabado legitimando prácticas de exclusión o asimilación. Todas las culturas son respetables, vienen a decir, pero no deben evolucionar ni entrar en contacto con otras para no ser destruidas o contaminadas. Cada cuál ha de estar en su sitio y cualquier cambio es peligroso. Todo lo ajeno a esta realidad cultural nacional, por lo tanto, es una amenaza y debe ser rechazado. El “extraño” al proceso de construcción nacional debe colaborar en su asimilación o exiliarse. No hay salida posible.

Así, el fundamentalista nacional ha dejado de ser el antiguo racista defensor de la diferencia en razas, para transformarse en el integrista cultural, defensor de culturas nacionales y patrioteras amenazadas en su pureza por los extraños y sus culturas. Un pequeño cambio camaleónico para perseguir el mismo objetivo: darse jerarquía, dotarse de autoridad y asegurarse privilegios dentro de los límites de la nación. En una palabra: Estado.

Por ello no es de extrañar que sigan apareciendo grupos ultras en todos los países, articulados alrededor de partidos neofascistas que proclaman abiertamente el odio al extranjero. Son la consecuencia y expresión del racismo institucional, cuya defensa de la patria pasa por la miopía de unos pensamientos que no entienden más que el lenguaje de los puños y las pistolas.

Pero el territorio en el que se nace es una circunstancia y la cultura es una construcción social que se modifica y cambia, y desde luego no justifica ni explica ninguna frontera, y mucho menos un supuesto “carácter nacional”. La partida de nacimiento o el deneí que tendrán los hijos de eslavos, latinoamericanos, asiáticos o magrebíes que pueblan el actual territorio peninsular harán saltar en pedazos esta teoría. Y será desde la imposición de una cultura oficialista, anclada en el tipismo folklórico y expandida por un forofismo simplón, desde donde se buscará forzar una cultura homegeneizadora, encorsetada y estática que derivará en un esencialismo inmovilista en el que afianzar los arquetipos nacionales.

Pues si algo tienen en común los diversos nacionalistas, aparte del odio y la exclusión mutua, es el temor al apátrida, el miedo al nómada, el aborrecimiento del internacionalista que no se doblega a sus deseos de ser encerrado en unas fronteras ni limitados por ninguna esencia nacional. Gentes que dan su bienvenida al constante fluir de las cosas y no temen, más bien anhelan, el cambio. Sin miedo a la intemperie no necesitan ni quieren la protección de ningún estado.

 




Actividades

1. Explica la siguiente idea: "Así, el fundamentalista nacional ha dejado de ser el antiguo racista defensor de la diferencia en razas, para transformarse en el integrista cultural".

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2. Relaciona las siguientes ideas: "Identidad" y "Mentalidad".

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3. Valora críticamente las ideas que surgen de: "Por siempre jamás".

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  Recurso 1


Título original: Bienvenido, mister Marshall. Año : 1953. Duración: 95'.
País
: España.

Dirección: Luis García Berlanga.

Guión: Juan Antonio Bardem, Luis García Berlanga y Miguel Mihura.

Reparto: Lolita Sevilla, Manolo Morán, José Isbert, Alberto Romea, Elvira Quintillá, Luis Pérez de León, Félix Fernández, Fernando Aguirre, Joaquín Roa, Nicolás D. Perchicot, José Franco, Rafael Alonso, José María Rodríguez, Elisa Méndez, Matilde López Roldán, José Alburquerque, Ángel Álvarez, Manuel Rosellón, Pepito Vidal, José Vivó, Manuel Alexandre, José Castillo, Joaquín Bergía, Rafael Cortés, José Riesgo, Pablo Tallaví y Fernando Rey.

Producción: J. C. Valencia.

Música: Jesús García Leoz, José Antonio Ochaíta, Juan Solano y Xandro Valerio.

Fotografía: Manuel Berenguer.

 

Visionado

1. Visionar la película Bienvenido, Mister Marshall (1953), del director Luis García-Berlanga Martí. Explicar su argumento.

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2. Reflexionar sobre la identidad nacional a partir de esta película.

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Recurso 2



 

1. Análisis del entorno.

Realiza una descripción del dibujo humorístico. ¿Qué te sugiere?

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2. Haz una relación de los medios que usan los representantes de las distintos nacionalismos para convencer de sus creencias a la gente de tu entorno.

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La Complementaria


     Identidad nacional: debate inútil

¿Está cambiando la población europea de componentes, de colores y de apariencias? ¿Podría parecerse a lo que el poeta Lautréamont decía del mar en Los cantos de Maldoror:”Viejo océano, eres el símbolo de identidad: siempre igual a ti mismo, no varías de manera sustancial…”? Lo cierto es que el paisaje humano de la nueva Europa varía a diario. Basta mirar la multitud en las calles de París, Londres, Frankfurt o Turín. La mezcla es visible. El blanco ya no es el único representante de la civilización occidental. El efecto de numerosas y diversas inmigraciones, algunas de las cuales ya están estructuralmente instaladas en el país, es evidente. El mestizaje avanza, la cultura se enriquece con aportaciones nuevas, ya sea en la música, la literatura o la gastronomía.

La inmigración ha entrado en una nueva etapa. Ya no estamos en aquellos tiempos de la llegada de campesinos analfabetos de las montañas de Marruecos o de Argelia. En suelo europeo se han producido reagrupamientos familiares y nuevos nacimientos. Los niños fruto de la inmigración no son inmigrantes. La amalgama la hacen a menudo los medios o los políticos. Estos niños son europeos por derecho de suelo y también por el derecho de memoria. Conocen poca cosa del país de sus padres; por el contrario, su universo mental y psicológico se ha forjado en las escuelas y las calles de esta Europa que los mira como ciudadanos de segunda categoría. Con ocasión del primer coloquio de escrituras mediterráneas en Marsella (del 20 al 22 de noviembre pasados), me reuní con una clase de una escuela de primaria. Los niños se llaman Bilal, Fatima, Marianne, Zeinab, Matar, Kevin… Todos franceses, nacidos en Francia y hablando perfectamente el francés. Son blancos, negros, de origen árabe, turco, vietnamita, armenio, francés de pura cepa. Para ellos la cuestión de la identidad no existe. Al revés: me hicieron preguntas sobre el racismo, sobre el islam, sobre la paz entre judíos y árabes. En ningún momento la cuestión de la identidad se les ha pasado por la cabeza.

Y este fue el momento elegido por el ministro para la Inmigración y la Identidad Nacional francés, Eric Besson, para lanzar un debate sobre la pregunta de la identidad francesa. ¿Qué significa ser francés? ¿Lo es el hecho de pertenecer a una comunidad de lengua, de cultura y de religión?

¿O bien el hecho de haber nacido en el mismo país aunque sea de padres extranjeros?

Esta cuestión de la identidad es legítima cuando la plantean los gendarmes o la policía en las fronteras. Pero cuando los políticos se meten en ella es que hay una inquietud, un interrogante que planea. La identidad no es un bloque de hormigón, algo inamovible y definitivo; es algo nacionalista y ya se sabe el peligro de que este sentimiento pueda desembocar en histerias colectivas, derivas excesivas y peligrosas. Cuando se enfrentan las identidades las consecuencias acostumbran a ser muy malas. Las guerras en la antigua Yugoslavia demostraron cuán mortífero podía ser el nacionalismo.

La pureza es la única especia que nunca debe formar parte de la composición del concepto de identidad. Hitler era nostálgico de la pureza de la raza y ello desembocó en el mayor genocidio de la historia. ¡Ser idéntico! El individuo es único y no sólo único, sino que se parece a todos los demás individuos; nos parecemos porque todos somos únicos. Nuestra identidad está en esa diversidad y en esa unicidad. Desde hace mucho tiempo sabemos que una identidad que se cierra se seca y pierde su perfume y su alma. Una identidad es la que da y la que recibe. No hay nada en ella petrificado o definitivo.

La Francia de hoy, la Europa de hoy son buscadas por aceptar con optimismo y calor aquello en lo que se van a convertir. La oportunidad está ahí, con aportaciones múltiples y variadas, con el conocimiento de la lengua y la civilización de los europeos.

¿Debe aplaudirse a un equipo de fútbol que juega de manera mediocre o que hace trampas porque es del mismo país? El deporte se ha convertido en un vector de símbolos políticos. Las naciones se enfrentan en un terreno de juego. Como ironizaba Borges, a quien cito de memoria: “¡Honduras ha aplastado a México!”.

O aquello que se decía a propósito de la identidad argentina: “Los egipcios descienden de los faraones y los argentinos del barco”.

Ni los unos ni los otros se enfrascan en debates inútiles sobre su identidad nacional. Por eso Michel Rocard, ex primer ministro francés de François Mitterrand, ha dicho que “este debate es estúpido”. Tiene razón, Europa tiene problemas más importantes de los que preocuparse: el porvenir de estos millones de niños nacidos europeos y tratados como extranjeros. Es momento de que estos europeos se unan a Europa de modo natural y sin historias. Para ello hay que admitir que una identidad es una casa abierta que se agranda y se enriquece cada día.

Por Tahar ben Jelloun, escritor y miembro de la Academia Goncourt (LA VANGUARDIA, 17/01/10)



Phillips 66

1. Formad grupos de seis para dialogar durante seis minutos. Primero leed individualmente este artículo de opinión de Tahar ben Jelloun y escribe tu opinión.

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2. Tras debatir el asunto redactad un acuerdo. Después, un coordinador de cada grupo comunica las conclusiones y se comienza a debatir sobre ellas en el gran grupo.

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