| |
Resumen
Este artículo se inicia con una
aproximación a los medios de comunicación, donde se desglosa
su lógica de funcionamiento, su papel social y, especialmente,
su interrelación con el Estado y el entramado económico
y político que actúa a través de él, con
el objetivo de entender el papel ideológico que juegan estos
ante las diferentes manifestaciones de la violencia existente.
En el contexto de un mundo globalizado a partir de sociedades estructuralmente
jerarquizadas, con desigualdades sociales profundas dentro de los marcos
estatales, los medios de comunicación han de proyectar unas representaciones
de la vida social que legitimen esta situación de clamorosa injusticia
en todo el planeta. Con ello, su función, como aparatos ideológicos
del Estado, es la de dar cobertura a la violencia que el Estado ejecuta
para mantener el control social.
En este sentido la reflexión gira entorno a la última
guerra de Iraq y a otros hechos más o menos relacionados con
las fuerzas militares y policiales del Estado, en este caso del Estado
español.
1. Medios, Estado y Sociedad
Los Medios de Comunicación son,
como mucho, la expresión deformada de una "realidad"
representada. Espacios a priori en blanco, en ellos se proyectan
miles de luchas que se desarrollan en el cuerpo social: de las relaciones
internacionales a las luchas vecinales; de las pugnas institucionales
a las tensiones internas de la propia organización del medio-empresa.
No son más que discursos fragmentados, distorsionados y sobre
todo intencionados de lo que acontece, o de lo que se quiere provocar
o legitimar, en la realidad social. Si esta realidad social, más
allá de lo mediático, se presenta ante nuestros ojos como
desigual, donde unos pocos tienen más derechos, más posibilidades
y más acceso a los recursos socialmente disponibles que muchos
otros, de ello se deduce que la sociedad ha de vivir en una fuerte tensión.
En una situación de violencia latente.
No obstante, los Medios de Comunicación desarrollan la difícil
tarea de crear la ilusión de representar una "realidad"
que, por lo contrario, ha de parecer estable, sólida y de convivencia
pacífica. Se configuran, así, como un espejo de irrealidades
donde todo el mundo quiere verse reflejado y donde casi nadie se encuentra,
pues poco tiene que ver con la realidad que nos rodea. Son, pues, sólo
una de las muchas posibles representaciones que se pueden hacer de la
vida social, la cual está sometida a un régimen económico
globalizado y desigual, y contenida por los diques de la estructura
del Estado-Nación. Así, los medios de comunicación
tienen por marco de funcionamiento lo establecido en el libro sagrado
del poder de hoy: la Constitución del Estado. Y son precisamente
esta Constitución y este Estado lo que estos Medios no pueden,
precisamente, ni cuestionar, ni criticar, ni presentar como vulnerables
ante ese ente mágico, casi divino, que es la Opinión Pública.
Esto, claro está, a nivel estrictamente formal, pues en la práctica,
como escribía Noam Chomsky "los derechos fundamentales son
violados en la misma medida en que la prensa es inhibida por coerciones
ideológicas, por intimidaciones o simplemente por la concentración
de riqueza y de poder" (Chomsky, 1973: p. 70). Es en estos límites
del juego democrático, donde empieza la propia lógica
de funcionamiento de los medios de comunicación del régimen
actual, que les configura como los aparatos ideológicos del Estado.
En primer lugar, la organización con la que se presentan ante
la sociedad es empresarial, ya sea de gestión pública
o privada. Y eso quiere decir que necesitan del Estado para conseguir
la licencia para poder actuar dentro del cuerpo social que éste
controla, aceptando, claro está, sus leyes y sus normas. En segundo
lugar, que sea empresarial supone que su objetivo prioritario es la
rentabilidad económica y el conseguir el máximo beneficio,
que es lo que asegura la perpetuación de la organización.
Es la guerra por los lectores, los oyentes, y las audiencias. Y esto
se traduce, automáticamente, en la pugna por el bien más
codiciado del mundo empresarial mediático: la publicidad. El
negocio mediático consiste en poder vender sus audiencias a los
anunciantes, con un principio básico: cuanta más audiencia
se pueda ofrecer, más se tendrá que pagar por llegar a
ella. Y esto nos lleva inevitablemente a afirmar que el auténtico
talón de Aquiles de todo Medio pasa, pues, por los sectores sociales
con más poder económico. Es justo donde muere eso llamado
libertad de expresión, y es justo donde empieza la libertad de
empresa. Es la forma que en la actualidad adopta la censura, con dos
dimensiones.
Por un lado, y dentro del Medio-empresa, pocos son los periodistas que
pueden escapar de la dinámica interna de (auto)censura y (auto)control
de los contenidos que se exponen. La rutina periodística, que
convierte esta profesión ideológica en un medio de supervivencia
como cualquier otro trabajo, lleva a los periodistas a reproducir lo
estrictamente ya establecido. Cuando los mecanismos de autocensura fallan,
ya sea por la falta de experiencia "profesional", o por el
error-descuido inducido por la práctica de las rutinas de producción
periodística (siempre con el tiempo pisando los talones), o por
alguna valiente y aislada acción intencionada, la censura se
hace explícita, con amenza directa por parte de la jerarquía
interna. ¿Qué medio se puede permitir el lujo de dar a
luz informaciones perjudiciales para la entidad financiera que en ellos
invierte? ¿Cuál de ellos permitiría descubrir la
cara oculta y oscura de esa empresa que se publicita una y otra vez
entre sus páginas o programas? ¿Qué banco o multinacional
no tiene el poder de amenazar con una retirada inmediata de su publicidad
si sale esa información perjudicial? De este modo, al periodista
no le queda más opción que escudarse detrás de
esa ficción llamada "periodismo objetivo". Es decir,
reproducir la representación de la realidad económica,
política y social que los sectores con poder quieren proyectar.
Por otro lado, el Estado tiene sus propios mecanismos de control de
las informaciones para que no se altere la representación social
que garantiza su dominio. Y es que el Estado es, en defintiva, la fuente
por excelencia de información. Sólo hay que fijarse en
las noticias y descubrir que detrás está, casi en su totalidad,
la fuente oficial. Y esta no puede, a priori, ser cuestionada.
Es, de hecho, lo que asegura, a medios y periodistas, moverse dentro
de los cauces de la ley. Más allá, y sólo más
allá, empiezan las mentiras y las calumnias. Es dónde
el Medio se expone a riesgos sólo asumibles cuando el beneficio
bien valga la pena, pues un Medio no puede permitirse el lujo de perder
credibilidad. Pues de la credibilidad vive y quien más la garantiza,
y además la impone como si de una verdad se tratara, es el Estado
mismo. Así, como afirma Rui Pereira, "la mercantilización
del periodismo lo conduce, perfectamente, a una espiral de doble manipulación:
por el poder económico, de una parte, y por el poder político,
de otra. Cuando ambos intereses coinciden, tanto más visible
será la manipulación" ( prólogo en Halimi,
2002: p.15).
2. Los objetivos del sistema mediático:
Votar y comprar
Así, los Medios de Comunicación
nacen y se desarrollan dentro de los límites del Estado, estableciéndose
como sus aparatos ideológicos. Y como tales, deben estar proporcionando
elementos que legitimen constantemente la estructura de la sociedad,
pues participan de ella y reproducen su lógica de funcionamiento.
Para perpetuarse como empresa, el medio se dirige a un público
al que necesita cautivar por todos los medios que le son permitidos
por el Estado. Es decir, necesita del público consumidor del
propio medio al que poder ofrecer a la publicidad que, como hemos visto,
de ella depende. Y este público tiene dos dimensiones distintas
que son las que intentan aprovechar los anunciantes: de un lado, el
público como consumidor y agente económico, a quien poder
decirle básicamente "¡Cómpreme!". Por
otro lado, el público como elector y agente semipasivo de acción
política, a quien poder decirle básicamente "¡Vóteme!".
Por lo tanto, el seguir consumiendo y el seguir votando son los dos
indicadores que permiten evaluar la "salud" del sistema actual.
Una caída en alguna de las dos "acciones" supone un
aviso de crisis, ya sea de confianza en el régimen económico
o de confianza en el régimen político. Con la publicidad,
pues, se intenta mantener al público activo en estas dos acciones,
de lo que resulta el ansidado beneficio del anunciante.
El problema persistente es que la sociedad se fundamenta en desigualdades
y exclusiones, donde ni todos los individuos pueden comprar, ni todos
pueden votar. Es por eso que el discurso debe dar elementos de legitimación
de esta situación desigual, con lo que debe reflejar también
donde sitúa los límites del "dentro del sistema"
y del "afuera" del mismo. Es decir, quienes son "nosotros"
y quienes "ellos", ya sean del exterior o del interior de
los límites del Estado.
En el primer caso, y el fundamental, el límite lo marca el poder
o no poder ejercer la "compra". Es, en una creciente polarización
social, el poder tomar el sol encima de un yate último modelo
o, por el contrario, percibir que se vive con el agua hasta el cuello.
Mediáticamente se traduce en un elogio del "éxito",
del "triunfo", y en un desprecio continuo al "pobre"
y al "marginal", siempre representado junto a la criminalidad
y delincuencia, sin análisis destacables ni exposición
de causas. Un delincuente es en lo mediático, y por imperativo
legal, sólo un delincuente. Sin más. Para las conciencias
más embullidas por la tradición cristiana, puede llegar
a desplegarse un discurso paternalista y de "superioridad social"
donde poder abocar la caridad y acallar algunas conciencias inquietas.
Es la cristalización de los dos valores supremos del capitalismo
de hoy: individualismo y competitividad, cuya combinación erosiona
la solidaridad y legitima la desigualdad en la sociedad. Se acompaña,
además, un grito explícito o implícito, constante
y repetido hasta la saciedad de "¡la propiedad es sagrada!",
así como un silencio que gira alrededor de todo lo que acontece
en ese otro mundo de penalización y de castigo a quien infringe
este "principio". Nos referimos a la estructura de marginalidad
del Estado: la Cárcel. Prácticamente sólo se habla
de ella en los Medios cuando es precisamente para debatir sobre cómo
mejorar las "medidas de seguridad" y cómo (¡y
dónde!) construir nuevas instalaciones. De su mundo interior
mejor ni hablar. Los límites son sus muros y sus guardianes-carceleros,
ambos dentro del sistema. Detrás de los muros hay un mundo representado
mediáticamente por el silencio. Un mundo de impunidad total del
Estado contra los individuos a quienes ha condenado en culpabilidad,
y que encierra detrás del silencio social. Se puede aplicar aquí
lo que Edgar Morín sintetiza en una frase : "El espectáculo
moderno es, a la vez, la mayor presencia y la mayor ausencia" (1996:
p. 87).
En el segundo caso, el poder votar, o no, va bastante relacionado con
el poder comprar, y generalmente supeditado a él. Sea como sea,
hay que asegurar el estado de pasividad del individuo votante, recluirlo
al máximo en su propiedad (aunque sólo conste de la propiedad
de voto), e intentar reconducir sus expresiones políticas por
los cauces "deseables" para el Estado, esto es, bajo un signo
más o menos conservador del privilegio otorgado. En las democracias
representantivas se traduce en intentar legitimar a los representantes
de la política, encuadrados en los partidos políticos
vinculados financieramente al Estado. Estos políticos se ven
abocados a la vorágine de la competitividad individual entre
aspirantes, dentro y fuera de los partidos, y al castigo o apremio del
mercado electoral para acceder a los puestos de esa sociedad representada,
que no son otros que los institucionalizados desde el Estado. Entonces
estos representantes políticos adquieren una nueva categoría:
en ellos recae la representación de la autoridad social.
En este juego de generación de representantes y representaciones,
de votantes y autoridades sociales, se necesitan los Medios de Comunicación,
pues ellos son precisamente los "magos" de la representación
social, y en los que los individuos buscan referencias. Como la legitimidad
de la autoridad y del Estado es intocable para los Medios, su función
social es representar la representación. En este sentido, Ignacio
Ramonet afirma que "ya que la función del telediario tiene
algo de psicoterapia social debe, por encima de todo, infundir esperanza,
tranquilizar sobre las capacidades de los gobernantes nacionales, inspirar
confianza, suscitar el consenso, contribuir a la paz social" (1998:
p. 97). Esta representación debe estar legitimada por los votantes
mismos, a quienes el Estado categoriza y a quienes modula su papel político:
el poder depositar el voto. Y, hoy por hoy, esto pasa por una representación
imaginaria (la de la nación y la nacionalidad) y una ley (la
ley de extranjería). Esta ley legitima socialmente que, bajo
los dominios del Estado, unos, los nacionales, no sólo pueden
sino que deben votar; y que otros no pueden votar, ni tan siquiera planteárselo,
pues en esta democracia la dimensión política del individuo
está bajo vigilancia del Estado, y sólo él concede
los derechos. Los medios tienen, así, una doble tarea: por un
lado, llevar a los nacionales a las urnas (lo realmente importante es
la acción de votar, que es lo que da legitimidad al sistema político)
y, por otro lado, mantener apartados a los "extranjeros" de
ellas. Pues el éxito de los medios es hacer creer que con la
participación electoral se ejercita la dimensión política
del individuo, y se contribuye además en la construcción
del Estado de derecho. Es la fe en la ley. Y en eso se basa cualquier
sistema de creencia: lo más importante es no permitir duda alguna
en los pilares de la fe.
Pero en este marco social de, por un lado, desigualdades económicas
y sociales crecientes, y por otro, de negación de derechos individuales,
se van gestando las condiciones de fractura social. Y los Medios, como
aparatos ideológicos del Estado, van dando ejemplos de cómo
legitimar esta explosiva realidad, marcando cuáles son las fronteras
ideológicas. "Se trata de conformar una sociedad mentalizada
para aceptar sin críticas, con toda naturalidad, la injusticia
sobre la que jamás ha dejado de estructurarse" (Prólogo
de Rui Pereira en Halimi, 2002: p.21). Es la función de preparar
a la sociedad para la represión violenta dentro de sus fronteras
y para la canalización de violencias hacia fuera de sus fronteras,
cuya forma es la guerra para la conquista territorial y/o la expansión
de influencias.
Y es que si hay fronteras es porque hay Estados, y no hay Estados sin
que haya guerras. La expansión y la guerra son, históricamente,
la razón de ser de todo Estado, cuyo potencial destructor viene
determinado por lo acumulado por su Hacienda. Los medios, pues, deben
garantizar el apoyo popular a la acción del Estado, cohesionando
y dando legitimidad a toda aventura militar. Encontramos múltiples
ejemplos de ello, sin necesidad de remontarse mucho en el tiempo: la
guerra del Golfo; la guerra de Yugoslavia; la guerra contra Afganistán...
En estas aventuras belicistas, pocas voces se alzaron en contra, y muchas
menos fueron las que encontraron espacio en los medios. El consenso
político y mediático ante estas guerras se tradujo en
la proyección de hechos y análisis confusos, para acabar
con las tradicionales simplificaciones: unos enemigos malvados (ellos)
frente a las altruistas misiones de paz llevadas por "nosotros".
Así se llegó a la adhesión pasiva de la gran mayoría
al proyecto bélico legitimado. El resultado es que en apenas
25 años se ha participado militarmente, de manera más
o menos directa, en al menos cuatro guerras oficiales. Demasiada guerra
"preventiva" para tanta misión de paz. No obstante,
en esta segunda guerra del golfo, llamada ahora guerra de Iraq, se han
producido algunos elementos diferenciadores que vale la pena analizar.
3. La Guerra de Iraq : ¿Paz
en los medios ?
La Guerra de Iraq es de las guerras más
espectacularizadas de todos los tiempos. Ya desde la Guerra del Golfo,
los medios se vieron abocados al mito de la guerra en directo, que resultó
ser una escandalosa tormenta de mentiras clamorosas que puso en evidencia
a la credibilidad de los propios medios, totalmente a remolque de una
controlada CNN por los Estados en guerra y, por lo tanto, por el estamento
militar norteamericano. Sólo hay que ver los innumerables libros,
y sus títulos, que salieron al respecto (La guerra de las
mentiras, de Pizarroso ; Las mentiras de una guerra, de
varios autores, con prólogo de Vázquez Montalbán
; La información y la guerra, de Dominique Wolton, etc...).
Fue excesivamente visible la manipulación mediática.
Para la reciente guerra de Iraq, en cambio, sorprendió el ver,
a primera vista, cómo los medios de comunicación afrontaban
el preliminar bélico: Ante el circo previo de las votaciones
en Naciones Unidas, de si se evitaba o no una guerra cantada y en pleno
rugido de tambores de marcha militar, los Medios empezaron a alentar
lo que se llamó un movimiento de la ciudadanía por la
Paz. Es decir, empezaron a ceder espacio a posturas de carácter
"pacifista", dando alas a posturas que presentaban controversia
y obligaban a iniciar un debate entorno al conflicto. Incluso en las
portadas de los medios escritos y de los informativos televisivos y
radiofónicos se señalaba hora y lugar de las manifestaciones
ciudadanas en contra de la guerra. Los partidos políticos en
la oposición, fuerzas sindicales, asociaciones varias... siempre
interesados en ser visibles en el escenario mediático, en esta
lucha por ocupar espacio de la representación, vieron una nueva
posibilidad, después de la crisis del Prestige, para erosionar
el gobierno del Partido Popular. Y pusieron todos sus medios económicos,
humanos y mediáticos, que no son pocos, en esta ofensiva contra
el gobierno, en el marco de diferentes estrategias para hacerse con
el poder del Estado y recortar la mayoría electoral del Partido
Popular.
Pero, ¿cómo criticar una guerra sin poner en duda la esencia
misma del Estado? ¿Cómo afrontar un debate sobre la guerra
sin ahogarse en demasiadas profundidades ideológicas, que siempre
pueden volverse en contra de los representantes? Ante la oleada creciente
de protesta, poco a poco se fueron estableciendo los límites
deseables del debate: en primer lugar, se fue focalizando el debate
en "esta" guerra pues, como hemos visto, cuestionar la guerra
en si es cuestionar la base misma del Estado, cosa que el estamento
militar nunca podría tolerar, y ninguna fuerza política
quiere plantear pues su objetivo es llegar a tomar sus riendas; en segundo
lugar, para dar legitimidad a la protesta en curso, se fue focalizando
el debate hacia la legalidad o ilegalidad de la guerra, en base a una
supuesta legalidad internacional que, claro está, la generan
los propios Estados según la correlación de fuerzas en
las relaciones internacionales.
Así, se articuló una campaña argumentada básicamente
sobre una única, prudente e "inofensiva" idea: estábamos
ante una posible "guerra Ilegal". Como si por vez primera
los Estados Unidos, Gran Bretaña y sus aliados estuviesen poniendo
entre la espada y la pared la mismísima Ley Internacional.
Sin entrar en consideraciones de sobre cuántas veces han cumplido
esta supuesta ley, y cuántas veces la han pisoteado una y otra
vez las mismas potencias que la imponen y la deponen al ritmo de sus
intereses, nos vienen unas preguntas en mente: ¿por qué
los medios apostaron contra el gobierno, incluso aquellos medios que
le han acompañado desde la toma del poder? ¿Por qué
prácticamente en su totalidad le han hecho el juego a las fuerzas
opositoras, incluso aquellos medios que no forman parte del mismo entramado
político-mediático de la oposición? ¿Qué
tenía de especial esta guerra para que los Medios no apoyasen
al gobierno, como es habitual?
En cambio, ningún medio animó y potenció movimientos
antibelicistas en la Guerra contra Yugoslavia, y muchos menos contra
los "malvados" talibán. Guerras, de otro lado, que
tampoco se caracterizaron por su escrupulosa legalidad internacional.
Y sí, por el contrario, la participación del Estado fue
mucho más directa a nivel militar que no en la presente conquista
de Iraq. Sólo recordar, por ejemplo, que en Yugoslavia la aviación
del Estado participó activamente en el lanzamiento de bombas.
O a fecha de hoy, en que el Estado manda a la Legión a Iraq para
hacerse cargo de la zona central del país iraquí junto
a las fuerzas polacas, haciéndose más activa la presencia
militar del Estado en el conflicto, no hay ni movilizaciones ni interesa
abrir demasiado debate al respecto. O, en todo caso, el debate discurre
por otros cauces, como veremos más adelante.
Pero volvamos al periodo de la guerra. Analizar cuáles fueron
realmente los factores cruzados que llevaron a la unión de los
diferentes intereses políticos, mediáticos, económicos
e incluso financieros contra el gobierno del PP excede, en mucho, de
nuestras posibilidades. Desde insatisfactorios repartos del pastel social
por parte del Estado, al miedo de los sectores económicos más
vinculados al europeismo franco-alemán, la cuestión es
que fueron muchos los sectores sociales que se volcaron con este "pacifismo".
Y es que "la paz", bien encauzada, resulta ser inofensiva
para el Estado: en ella descansa una voluntad conservadora, de fe en
lo ya establecido. Y en una sociedad estratificada como la actual, de
violencia latente en lo cotidiano, el deseo de paz acaba por legitimar
la violencia misma, o lo que es lo mismo, que el Estado la tenga en
régimen de monopolio, en base, nuevamente, a una supuesta legalidad.
La violencia al servicio de la ley que de él emana. Un círculo
vicioso de generación de violencia que se cierra en si mismo:
dada la sociedad, se hace desigual e injusta necesariamente por algún
método de violencia; para mantener la estructura resultante,
se necesita la ley, que debe cumplirse bajo la amenaza del castigo,
que implica violencia; y para solventar la violencia que genera este
estado de injusticia institucionalizado, se requiere invertir y usar
más violencia para asegurar el éxito de los métodos
represivos.
De este modo, cuando esta misma sociedad salió a las calles contra
"esta guerra ilegal", todo acabó en una nueva representación,
representada mediáticamente, de un culto a la Paz, en contra
de un gobierno que se negaba a escuchar los lamentos de una ciudadanía
que abrió los ojos ante sus pantallas. Pero como afirma Noam
Chomsky, "el gobierno no espera, en realidad, convencer a nadie..."
(1973: p. 17). Y así, efectivamente, fue. La razón de
Estado está por encima de la democracia representativa que lo
enmascara, pues ésta se debe al Estado, y no al revés.
Desde el punto de vista mediático, tampoco interesó ir
más lejos, pues da más rendimiento la sangre que la performance
antibelicista. Así volvieron los cadáveres mutilados,
la explotación mediática del drama infantil, el descalabro
humano ante la barbarie que implica todo conflicto, en las pantallas.
Hubo el tradicional desfile de militares con galones hasta el cuello,
e incluso la presentación espectacular de la "madre de todas
las bombas", la más destructiva de todas las armas convencionales,
ideal para luchar contra el terrorismo internacional y las supuestas
armas de destrucción masiva que, al fin y al cabo, fueron los
dos argumentos repetidos para "convencer" a los votantes.
El morbo de la sangre, la destrucción, la estrategia de guerra,
la destrucción violenta. Y cuando llegó la fulminante
"victoria", se apaciguaron las críticas, los debates.
También las "caceroladas".
Así, el Estado sigue en sus guerras. Para ello necesita enemigos,
más allá de las posibilidades coyunturales que ofrecen
personajes malvados como Saddam, Milosevic, o los talibán. Es
la construcción mediática de enemigos por la necesidad
estratégica de mantener la cohesión y el control social
como un fin en sí mismo. Y actualmente desde los medios, desde
la representación social, se gestan dos claros "enemigos".
Por un lado, el Estado se apoya en la doctrina internacional, apoyada
por casi todos los Estados del mundo, de lucha contra el Terrorismo.
Doctrina ésta fácilmente asumible por los Estados pues
ellos reclaman para sí, en los asuntos internos, el monopolio
de la violencia. La única excepción es el peligro de ser
acusado por otro Estado de cobijar el terrorismo, acusación que
sólo unos muy pocos pueden hacer con el aplauso internacional.
Es la doctrina que legitima la conquista militar en este inicio de siglo.
De otro lado, se gesta un enemigo interno, difuso, imperceptible que
atenta contra otra construcción simbólica que es la Seguridad
Ciudadana. Un fantasma que llena de miedos la organización social.
Dividir y malconvivir en sociedad, llenando de dudas respecto al resto,
donde cualquiera puede compromoter la propiedad de lo "conseguido".
De la existencia de ambos enemigos no dudan ninguna de las opciones
políticas que ofrece la democracia representativa. La diferencia
es sólo de matices. El clímax de esta construcción
simbólica es la unión de los dos enemigos en uno sólo
de terrorífico. Pues los miedos para controlar la sociedad se
autoalimentan a sí mismos. Y la explotación de los miedos
sociales son hoy un factor de voto que no se puede dejar al contrincante
electoral. Veamos las funestas consecuencias.
4. La normalización mediática
de la violencia estatal
Para ello nos centraremos en cuatro hechos y cómo
se ha respondido al respecto. Dos de ellos hacen referencia al "fuera"
de las fronteras y los otros dos al "dentro" de las fronteras.
El primero de ellos, es el accidente de un avión militar del
pasado mes de mayo que provocó la muerte de 62 soldados volviendo
de Afganistán. La oposición al gobierno, en su alocada
pugna por el asalto al poder, y aún siendo los mismos que mostraron
meses atrás la bandera pacifista, exigió responsabilidades
políticas y pedió más seguridad para las tropas
del estado que se encuentran en operaciones. La consecuencia fue un
debate para destinar más presupuesto al ejército profesional
para aumentar la seguridad de las tropas en "misiones de paz".
Los cauces de dicho debate han permitido la aprobación en septiembre
de 2003 de una inversión de 4.176 millones de euros (unos 693.000
millones de pesetas) para modernizar el ejército, lo que implica
la compra de helicópteros, submarinos, un gran buque, 212 carros
de combate... Con esto parece claro que el ejército irá
elegante en las próximas "misiones de paz".
El segundo hecho a referenciar, gira alrededor del actual envío
de tropas a Iraq, donde el debate gira igualmente no tanto ya en si
el Estado debe o no mandar tropas sino en los problemas de seguridad
que se van a encontrar ante una población que se está
mostrando fuertemente hostil a las tropas de ocupación. Aunque
se cuestiona más que en el caso de Afganistán de la necesidad
de mandar tropas en lo que es inevitable definir como una ocupación
militar (dada la fuerte resistencia de la población, pocos se
atreven a hablar de "liberación", como en los primeros
momentos en plena euforia militar), los debates tampoco intentan discurrir
demasiado en lo que está realmente sucediendo. Justo cuando la
actividad militar es más destacada, menos se permite hablar de
paz en los medios. Lejos quedan ya las convocatorias de manifestaciones
en las portadas de los medios.
El tercer caso, ya dentro de las fronteras del Estado, hace referencia
a las pasadas elecciones municipales, donde todos los partidos reproducían
una y otra vez los discursos de luchar contra el terrorismo internacional
y contra la inseguridad ciudadana. Este eje discursivo de doble polo
llevó a que muchos políticos uniesen en las campañas
la inseguridad ciudadana con la inmigración ilegal; otros incluso
la supuesta inseguridad ciudadana con la inmigración a secas.
Empezamos a no estar lejos de unir terrorismo con inmigración,
sin demasiados complejos. En todo caso, la propuesta generalizada para
afrontar este "problema" construido de Inseguridad Ciudadana,
pasa en todas las opciones ideológicas por el incremento de las
fuerzas policiales en las calles.
El último hecho que exponemos, y como clímax del esperpento
de esta representación del enemigo, llegó precisamente
en medio de las primeras movilizaciones populares ante la posibilidad
del Estado de apoyar, mediante el voto en el Consejo Permanente de la
Naciones Unidas, la guerra en marcha contra Iraq. Y es que el gobierno
necesitaba un apoyo mediático a la decisión de Estado,
y así se orquestró un golpe policial llamado "Operación
Lago". La operación consistió en la desarticulación
de una célula terrorista de Al Qaeda en Cataluña, llegándose
a afirmar por parte de José María Aznar que esta célula
disponía incluso de armas de destrucción masiva. Nadie
se movió ante la sorprendente e inquietante noticia. Se aplicó
la ley antiterrorista (la impunidad policial para el control social
en la guerra interior del Estado), manteniendo a los arrestados dos
meses en prisión. De golpe se unían el miedo al terrorismo
islámico con la xenofobia al inmigrante, el "enemigo"
visible del entorno social. Pero era sólo el inicio de lo que
resultó ser una chapuza policial. Lo que se les incautó,
entre otras cosas, fueron móviles y detergente, que incluso se
llevó a los EE.UU. para su análisis químico, bajo
sospecha de ser armamento de destrucción masiva. Esto llevó
a bautizar la célula como el "Comando Dixan", cuyos
miembros salieron en libertad sin ningún cargo depués
que los laboratorios encargados del análisis químico dictaminaron
que, efectivamente, se trataba de detergente. Uno de los detenidos ironizaba
al salir de la prisión sobre la peligrosidad de poseer detergente
en casa. La chapuza policial fue más allá, pues incluso
el juez se puso nervioso ante las irregularidades en la operación,
como la aparición y desaparición de una supuesta pistola
que al final no se sabe muy bien si realmente existió, o sólo
era de fogueo. No obstante, y a pesar de lo rocambolesco de todo, parece
que aún se podía ir más allá: el FBI norteamericano
ha informado (septiembre de 2003) que según sus laboratorios
en el detergente hay substancias con las que se puede fabricar Napalm.
De momento ya se han vuelto a citar para declarar a cuatro de los que
estuvieron detenidos. Veremos hasta dónde se puede llegar con
un detergente.
No obstante, la operación fue un éxito pues su objetivo
operaba en la inmeditez mediática: representar la amenza, con
la legitimidad otorgada a la autoridad no cuestionable de la decisión
policial y judicial, para dar legitimidad al apoyo a la guerra. Y aquí
nos encontramos con las posibilidades que ofrece la ley antiterrorista
para un Estado en guerra. Al ser ley, no encuentra en su aplicación
inmediata ninguna oposición, lo que permite la vulneración
de todos los derechos individuales según las necesidades del
momento. Para este caso, el apoyo a la guerra. Y tratándose de,
por un lado, inmigrantes, que no interesan para el voto y, por lo tanto,
no interesan en demasía a los políticos; y, por otro,
de terroristas (ya demostrarán luego, si pueden, que no lo son),
pocas voces salieron en su ayuda. Ninguna trascendió al silencio
impuesto de los medios. Kropotkin escribía en una ocasión
que "El hombre se ha dejado esclavizar mejor por su deseo de castigar
según la ley, que por la conquista directa militar" (1995:
p. 27). Bien se puede aplicar al caso.
La consecuencia, pues, y aunque se ha demostrado un nuevo y clamoroso
abuso policial y de las terribles opciones que da la ley antiterrorista
a la arbitrariedad del poder, es que ésta sigue en plena vigencia
y, hasta la fecha, incuestionada. Una prueba más que en la vida
bajo el Estado todos somos culpables hasta que no se demuestre lo contrario.
De todo lo anterior expuesto, el resultado es aterrador: Más
presupuesto militar; Más cuerpos policiales; Más presión
para los inmigrantes y sectores sociales que están en lo más
bajo de la escala social. Sin derechos sociales, y sobre todo muchos
deberes laborales. Odiados democráticamente, perseguidos policialmente
y siempre bajo la sospecha del votante. Y esto nos obliga a formular
algunas preguntas: ¿Qué podemos esperar en una sociedad
que está totalmente abocada a alimentar los aparatos represivos
del Estado como estrategia de futuro? ¿Se trata de un proceso
de deteriodo social inevitable que nos lleva a más ejército,
más policía y más cárceles ? Rudolf Rocker
afirmaba que "si uno se ha habituado al pensamiento de que todos
los problemas de la vida social se pueden resolver por las armas, hay
que llegar lógicamente al despotismo, aun cuando se dé
a este otro nombre y se oculte su verdadero carácter bajo algún
otro lema engañoso" (1949: p.97). Y los medios, su función,
es precisamente habituarnos a esta forma de pensamiento.
Todo este proceso de desarrollo del aparato represivo del Estado viene,
pues, bien legitimado por los medios. Es la generación constante
de amenazas y peligros simbólicos, internos y externos, que permiten
extender el miedo por el cuerpo social para crear la ilusión
mediática que esta sociedad es estable y pacífica (bajo
el feliz imperio de la ley), y que son estos peligros los que precisamente
amenazan con romper la "paz democrática". Así
se consigue llevar el proyecto pacifista a su dimensión más
conservadora, donde no sólo no se cuestiona al Estado como agente
principal de toda guerra, sino que incluso se aplaude su existencia.
Pero, paradójicamente, el Estado no puede sino fundamentarse,
como hemos visto, en la violencia y en las estrategias de difusión
mediáticamente del miedo y del terror social.
Bibliografía
- CHOMSKY, Noam (1973): Por
razones de Estado. Editorial Ariel, Esplugues de Llobregat, 609
p.
- ----------------------(1991): El miedo a la democracia. Grijalbo
Mondadori S.A., Barcelona, 419 p.
- ----------------------(2000): Estados canallas : El imperio de
la fuerza en los asuntos mundiales. Ediciones Paidós Ibérica,
S.A., Barcelona, 286 p.
- HALIMI, Serge (2002): Los nuevos perros guardianes: periodistas
y poder. Editorial Txalaparta, 153 p.
- KROPOTKIN, Pedro (edición 1995): El Estado y su papel histórico.
Fundación de estudios libertarios "Anselmo Lorenzo",
Madrid, 64 p.
- MORIN, Edgar (1996): El espíritu del tiempo: ensayo sobre
la cultura de masas. Editorial Taurus, Madrid, 246 p.
- RAMONET, Ignacio (1998): La Tiranía de la Comunicación.
Temas de Debate, Madrid, 222 p.
- ROCKER, Rudolf (1945): Nacionalismo y cultura. Editorial Reconstruir,
1949, 529 p.
|